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10.12.09

Entra al Jardin

Rescato de los archivos un directo que grabé de Jardín, allá por el 2003. Mínimamente editado, podría decirse que en versión uncut o de un solo plano continuo, descubro que se deja ver bien, gracias al hipnótico viaje sonoro que desencadena el grupo, y en pequeña medida por mi cámara en trance. A volar.

25.11.09

Páginas techno


El 2009 fue para mí uno de los años más exclusivamente melómanos. En paralelo a mis primeras composiciones musicales (y a la implementacion de mi pequeño estudio casero), mis lecturas han descarrilado exclusivamente hacia la música. En particular, me ha gustado mucho el mítico libro de Simon Reynolds, Generation Extasis. Su aproximación holística al fenómeno rave engloba musica, historia, arte, sociología e incluso algo de farmacopea, muy al estilo de los ensayos caleidoscópicos de Mario Vargas LLosa u Octavio Paz (mezclado con algo de periodismo gonzo). Puede sonar exagerado compararlo con estos gigantes, pero por lo menos diré que es el mejor libro que he leído en el año.
Un excelente compañero de éste son las memorias de Laurent Garnier: Electroshock. Un armonioso contraste con la visión de fan/crítico de Reynolds, desde el lado protagónico del DJ que ha sido testigo de la evolución de la música electrónica de baile. No es que Garnier aporte algo a la cronología canónica que se puede encontrar sin muchas variantes en la bibliografía sobre el tema, más bien la sigue fielmente. El plus del asunto es que él estuvo allí. Y la forma en que describe su experiencia, como músico y amante de la música, es lo especial. No nos ilustra con datos nuevos, sino más bien nos emociona con su viviencia y crecimiento en el vórtice mismo de ellos.

2.7.09

Datos falsos


Una de las mejores experiencias audiovisuales que recuerdo fue el prototipo de Datamatics en el Sonar 2006. Que este año haya vuelto en versión 2.0 y se presente en el ensoñador Teatre Grec bastó para querer volver a ver esa coreografía de datos: puntos, rayas, palabras, números, coordenadas, etc., extraídos de la bolsa, de una estadística, de un satélite, del mismísimo ADN, o de un simple microchip. Datos moviéndose en la pantalla al ritmo ultra preciso de la música de Ryoji Ikeda: una colección en sí misma de los ingredientes más puros de la música electrónica: clicks, glitches, drones, beats, ruido, filtros, reverberaciones y modelos de síntesis varias, combinándose en formas ambientales o technoides. Durante casi una hora el público se convirtió en voyeur cautivo de un espectacular código binario, asombroso como cabía esperar, aunque como todo lo que tiene una estética tan tecnológica y se confía a la velocidad, algo avejentado luego de tres años.

¿Y cual fue el plus que hizo de este set distinto de su antecesor? Una breve segunda parte, en la que el protagonista no sólo era el dinámico flujo de datos sino la obra misma, transformándose en un meta-datamatics.

Tal vez el problema fue que no estamos lo suficientemente avanzados para prescindir de lo humano y conformarnos con la alquimia de los bits; o tal vez el arte digital está aún más cerca de la ciencia que de la magia, y esperábamos algo más próximo a la iluminación de una demostración metódica que al fascinante engaño de una proyección en las sombras. Queríamos a Ryoji, queríamos azar, queríamos demostraciones en tiempo real. Porque si todo se resumiera en su diseño minimal o en sus renderizados 3D, no hay en ellos mucho de original; y si se trata de la virtuosa edición, poco podemos sorprendernos si ya hemos visto las sincronías cinematográficas de Walter Ruttman y su Berlín, sinfonía de una ciudad, compuesto más de ochenta años atrás.

Desde luego, me disculpo si en algún lugar la organización del Festival Grec advirtió que se trataba sólo de una proyección, pero ya de por sí me parece engañoso incluir este espectáculo en su programación de conciertos. Como ya sabemos, demasiados datos no garantizan buena información.

20.4.09

Otra historia de la música electrónica (Kyrou Copyleft Remix)


Techno rebelde de Ariel Kyrou es uno de los libros sobre música electrónica más estimulantes y mejor escritos que he leído. Sin apartarse demasiado de la cartografía histórica canónica sobre el género, este libro traza un tupido tamiz de referencias, mutaciones, accidentes, influencias, préstamos y apropiaciones que han dado forma a ese continente sonoro; hilado de manera no concluyente, dejando suficientes hebras sueltas para configurar un work in progress, pero con una firme perspectiva ideológica copyleft, gracias a la cual puede descargarse como pdf de manera gratuita (click en el título).
Más allá del copioso name dropping, la prosa de Kyrou nos invita a adentrarnos en el magma híbrido de ritmos y texturas que describe con apasionamiento, documentación y persuasivo gusto. Kyrou, más que un crítico, es un cronista de las sonoridades aventureras del siglo XX, las cuales ha recorrido con todos los sentidos y sobre todo mucha curiosidad crítica.
En sus páginas nos recuerda, con una genealogía de surtidos ejemplos, que nada es original, que el arte es mezcla (su pureza es su contaminación) y que bailar es también una forma de rebelarse.
No negaré que la sobreinformación tal vez pueda ser frustrante aún para el medianamente melómano, pero si se piensa que cada nombre desconocido es una generosa invitación y prestamos atención a lo más importante, que es la filosofía subyacente a su ilustrada audición, estoy seguro que el libro puede ser bien digerido por cualquier interesado.
Os dejo con una cita interesante de Uwe Schmidt:

Creo que deberían superarse esas estúpidas clasificaciones del tipo ‘música electrónica’. Ante todo, soy músico y no encuentro diferencias entre tocar música, editarla, arreglarla, etc. La denominación «electrónica» debe remitirse al proceso de creación y no a un género musical.

27.6.08

No hay tiempo


No hay tiempo para escribir. No hay tiempo para escuchar discos. No hay tiempo ni ganas de ir al cine. Pero sí hay tiempo de leer y de ir a conciertos. Algunas notas sobre lo primero:

>Poesía: según J.C. Yrigoyen, con quien hace unos días estuvimos cheleando aqui en Barcelona, la poesía argentina no ha tenido el desarrollo de su narrativa y la peruana pasa por una amodorrada transición. ¿Y la chilena? ¡Buiiiiina, poh! Le gusta Germán Carrasco más que nadie entre los nuevos, y yo luego de leer Clavados, de este autor, y los poemas incluídos en la antología Cuatro Cuartetos/Cuatro poetas recientes de Chile, yo me inclino más por el preorgásmico ritmo de Paula Ilabaca y sobre todo por los cantos cursis, sórdidos, líricos y muy urbanos de Diego Ramírez, el más joven del cuarteto y alguien con quien supongo conectará mucho la juventud pokemona chilena. Citar a Pasolini, Sylvia Plath y Enrique Lihn es sólo una invitación a su prometedora locura.

>Fogwill: Leyendo su antología en Mondadori, Cantos de marineros en la pampa, descubro a este mito de la literatura argentina y no encuentro nada de lo que me imaginaba. No la locura y el delirio que había proyectado, pero sí a uno de los grandes del post boom. Muy lúcido y algo pervertido. Me gustaron todos los relatos, menos el que da título a la colección (no lo pude ni terminar de leer) y más que ninguno La larga risa de todos estos años, que desde ya propongo como uno de los mejores cuentos en nuestro idioma de los últimos 25 años.

>Lydia Lunch: Su novela Paradoxia, ahora traducida al castellano, es uno de los más estimulantes, bien escritos, valientes (tal vez mejor sería decir bravucones) y nada aburridos relatos eróticos que he leído. Y eso que no tengo en mucha estima el género.

>Psychedelic Furs: Lo único que diré es que, si bien demasiado corto (1:20 hrs. aprox), fue un placer hiper danzable y potente en flash backs el directo de esta mítica banda de los ochenta. Lo mejor fue poder bailarlos, hit tras hit, a un metro de distancia, como si de una disco y no de un concierto se tratara. Lujo.

23.1.08

Asco rescatado


Que un escritor sea invitado a abandonar su país, debido a uno de sus libros, es una de las mejores presentaciones que éste puede tener. Es más, el exilio es muchas veces una insigne condena para el artista, y cada literatura nacional debería tener su escriba herético propio, como lo tienen los colombianos con Fernando Vallejo, los franceses con Céline o los austriacos con Thomas Bernhard. Horacio Castellanos Moya se convirtió en prófugo irremediable de El Salvador gracias a esta breve novela, publicada en 1997 y hoy en día libro de culto, que Tusquets ha tenido a bien reeditar luego de varios años de estar agotada la edición de Casiopea (2000). Y la mención de Bernhard no es en vano, ya que El asco no es ni más ni menos que un ejercicio de estilo, en el que Castellanos Moya toma prestada la voz narrativa del austriaco como si se tratara de una motosierra con la que acomete en contra de toda, absolutamente toda, la sociedad salvadoreña.

Precisemos: así como Vargas Llosa recicló las técnicas narrativas de Faulkner para retratar la sociedad peruana, Castellanos Moya se apropia del fraseo compulsivo de Thomas Bernhard, de ese tono que lanza palabras como escupitajos de bilis y náusea, de esa visión exasperada e inmisericorde hacia sus semejantes, para demoler su edificio nacional y dejar al descubierto sus vicios. ¿Qué mejor forma de retratar a un país cimentado en la violencia que utilizando uno de los discursos más explosivos del siglo XX? Pero eso no es todo. Si en Bernhard el resultado era una visión descreída y brutal, sin compasión ni esperanza, sobre Austria y el ser humano, el mundo que crea Castellanos Moya añade una pizca de novela picaresca a su veneno, dando como resultado un concierto disonante de horrores y bufonadas.

La novela, que se lee de un tirón y fue escrita también en arrebato de un mes, narra la historia de Moya, un intelectual asentado en Canadá que se ve obligado a regresar a su país natal luego de la muerte de su madre, regreso que se torna en una caída a la tierra de sus fobias y cuyos pormenores se dedica a relatar, o mejor diríamos vomitar, a su amigo Vega, en un desaforado y febril monólogo de cantina.

Celebramos pues esta reedición, que ayudará a conocer mejor en España a uno de los escritores latinoamericanos más interesantes de los últimos años. Para quienes se enganchen a él, les recomiendo continuar con su igualmente genial Insensatez (2005), publicada también en Tusquets.

(publicado originalmente en Mau Mau Underground)

8.11.07

"El penoso contraespectáculo de las cosas que dejan de ser "


No me queda otra opción que la de aunarme a la avalancha de elogios que ha recibido The Road, la última novela de Cormac McCarthy. Se trata de la primera novela de él que leo, y ya estoy con ansia de hacerme con otros títulos de su obra, comenzando con Blood Meridian y Sutree. No pasa mucho en la historia, pero es suspenso es sostenido; el cromatismo de las descripciones es quizás el más pobre de la literatura: negro carbón, gris ceniza, rojo sangre, y al mismo tiempo se trata de una de las atmósferas más logradas que he leído. Una historia minimalista, repetitiva, fragmentada, narrada con un lenguaje riquísimo, como si las palabras más sombrías del inglés se reunieran para fosilizar la imagen de un planeta yermo. Luego de la destrucción última, la brutalidad de los elementos y la de los pocos sobrevivientes contrasta con la aterrorizada ternura del padre e hijo protagonistas, cuyas conversaciones, tan quebrantadas como las ruinas por las que transitan, guardan aún calor. Jamas la palabra okey significó tantas cosas como en esos diálogos, alimentados por la promesa y la desesperación.
Para curiosos, os dejo este link a un documental sobre este misterioso escritor.

22.4.07

La fábrica Aira



El reto de la obra de César Aira viene no sólo por que es casi inabarcable (siempre hay una librería o una biblioteca donde descubres un título nuevo), si no también por su variedad de registros y por la ausencia de una crítica más vigilante que nos pueda servir de coladora de fiascos. Si no me equivoco, he leído ya once novelitas suyas, de las cuales puedo recomendar La prueba, La serpiente, Un episodio en la vida del pintor viajero, Varamo, El mago y Yo era una chica moderna; me gustaron menos Las curas milagrosas del Dr. Aria, Cumpleaños y La liebre; y confieso que Ema, la cautiva y Una novela china están entre los pocos libros que me he negado a terminar.
Una de las paradojas de su obra es estar marcada por la brevedad y al mismo tiempo por el exceso. Exceso de libros bombardeados, y exceso de imaginación que muchas veces derrapa hacia el puro delirio, son los que hacen de su obra una sorpresa narrativa y editorial, un reto a nosotros como lectores (que tenemos que digerir un cócterl de Borges y Monty Python) y a la babilonia cultural de nuestro tiempo (ese laberinto omníboro lleno de foros, blogs, revistas y demás). Lo suyo es sembrar el desconcierto, en cada historia y en cada intento de catalogarlo de manera crítica. No me sorprendería que, como esas criaturas fantásticas que al desmembrarlas se duplican, cada intento de disección de sus artefactos sólo traiga consigo su multiplicación.
Para mi gusto, prefiero a Aira en su vertiente más absurda y fantástica, cuando luego de dibujar un mundo con trazos pop comienza a deformarlo de manera cada vez más alucinante, hasta perder el débil pulso del realismo y dejarse llevar por situaciones cada vez más absurdas. En esa línea esta Yo era una chica moderna, la novela que acabo de leer. Un divertimento que toma a dos modernas bonaerences y las hace caer en una aventura que comienza en una discoteca de moda y desemboca (o se desvía desde casi a la mitad del libro, para ser más exactos) en un gore fantástico más cercano de las viñétas de Daniel Clowes que de cualquier referente literario (Burroughs quizás, aligerado con más dosis pulp).
En esa línea también estan La prueba (1992) y La serpiente (1998). La primera sigue siendo mi novela de Aira favorita, una combinación de dialogos filosóficos a lo Godard, erotismo Suicide Girls y un desenlace Natural Born Killers, protagonizada por una adolescente y dos punks lesbianas. La segunda ocupa también ese lugar en mi ranking de preferencias, y si recuerdo bien (la leí hace más de cuatro años) va sobre un tío que hace un viaje con su familia y en un paseo solitario su realidad se tiñe de alta lisergia (o baja, si se piensa que sus referentes estan más cerca de Ed Wood y Godzilla).
En fin, Aira es ya un mito, una excentricidad, un récord, una fábrica, un fenómeno; irregular pero fascinante, como los mejores creadores de culto.

2.4.07

Un idilio sin atributos


Luego de varios años sin atreverme a leer una novela de Mario Vargas Llosa, y menos una reciente, este fin de semana caí en la tentación de abrir las páginas de la última, Travesuras de la niña mala. Y entonces recordé el por qué. No sólo se trata de que, una vez comienzo a leer una novela suya, sea habitual que no pueda dejarla y pase dos o tres días capturado y luego con una lenta digestión; además, es uno de los raros casos en que un libro menos para completar al autor nos da más pena que satisfacción. Con este auto control, he podido conservar en los últimos quince años, desde que leí La ciudad y los perros, obras vírgenes.
Este fin de semana rompí esa costumbre y, como he dicho, me vi de nuevo raptado por el inmenso poder fabulador de quien sin duda es el mejor novelista peruano y uno de los mejores de la literatura universal. Travesuras de la niña mala es una de sus novelas menos ambiciosas a nivel formal, pero también una de las más emotivas y la que guarda a uno de sus personajes más notables: la polifacética niña mala. Se trata del relato en retrospectiva de un amour fou, de toda la vida, en la vida nada notable de un traductor e intérprete peruano -miraflorino para ser más exactos- radicado en Europa y sobre todo en París, ciudad a la que se le rinde un entrañable homenaje. Cada capítulo esta enmarcado por una capital y una época distintas -somera pero muy precisamente descritas- en las que la vida del narrador se recupera del recuerdo de la niña mala, solo para volver a toparse con ella, bajo un nuevo disfraz y amante, liarse con toda la cursilería y fatalidad del caso, y ser de nuevo abandonado en circunstancias cada vez más infames. Lima, París, Londres, Tokio y Madrid son escenario, desde los cincuentas hasta los noventas, de esta historia de amor, vulgar y pedestre como el peor bolero, pero cuyo tesón y firmeza a lo largo de los años son conmovedoramente heroicos.
El genio narrativo de Vargas Llosa es capaz de darnos una excelente historia de amor con la estética de lo huachafo, peruanismo que denota lo burdo, trillado, chabacano, de mal gusto; un arte poética de lo prosaico, que juega y le da vuelta al melodrama y al folletín, trascendiendo desde su anti-poesía gracias a las dos pasiones -la firme y la intempestiva- que construyen a sus personajes. Una novela pues sencilla a nivel estructural (capítulos episódicos, en los que la historia principal toma como único contrapunto la del respectivo personaje secundario) y ramplona en su estética, pero que aún así vibra en cada página gracias a la universalidad de ese amor miserable e imposible, intenso y cutre, escéptico y devoto, mediocre y sórdido, que va descubriendo a lo largo sus trescientas y tantas páginas el múltiple "rostro del amor", como se describe de manera tan hortera y atinada en la contra carátula la trama (cariz que también puede extenderse al título del libro, nunca tan engañoso pero certero como siempre). En definitiva, una novela apasionante como las mejores del escritor peruano, modesta pero sabia, corriente pero deliciosa.

8.2.07

Elogio a la reinterpretación



Piglia es un autor que, si bien no me ha entusiasmado de a primeras (demasiado cerebral para mi apetito), si me ha interesado lo suficiente como para seguir leyendo de a pocos su obra. Lo último que acabo de leer es Respiración artificial (1980), tal vez su libro más celebrado, y la primera impresión es la de sorpresa, por encontrarme con el género metaficcional tan celebrado en los noventa, al inicio de la década anterior. El afán de relectura como mecanismo de identidad ya esta en Borges, claro, y Piglia es su sucesor más aventajado cuando en medio de la dictadura escribe un libro que es un combate intelectual o un equipo de salvamento para la atacada tradición cultural argentina. Porque la relectura se asemeja al redescubrimiento y a la resucitación, no sólo de los desaparecidos sino de uno mismo. Volver a la vida algo (un cuerpo; literario, histórico o fisiológico) con algo ajeno (el aliento del otro) es un acto transitivo y reflexivo, que sirve tanto para escapar de la certidumbre inmóvil que es la muerte de las ideas, pero también para descubrirse uno mismo en los pasos perdidos de los otros. Y eso es lo que Piglia hace en esta brillante novela, en la que bajo el pretexto de la (auto)investigación familiar se cruzan ideas bastardas, gracias a las cruciales conversaciones de Renzi, el protagonista, con los personajes secundarios de su pesquiza. Como bien reza el epigrafe del libro (T.S. Eliot):

“We had the experience but missed the meaning,
an approach to the meaning restores the experience.”

A poner en la agenda: La ciudad ausente y Crítica y ficción.

24.1.07

Enganchado a Johnson


No se qué misterio guarda Denis Johnson. Será que de los tres libros que había leído, el primero. Jesus Son (1992), un fulminante conjunto de relatos entrecruzados, me dejó deseando algo más de su poética y austera violencia (¿un cóctel de Richard Ford y Jim Thompson?), cosa que no encontré en la decepcionante Already Dead (1998), que no pude acabar de leer, y escasamente en su celebrado debut Angels (1983). Pero aún así, ya no me arriesgué a comprar pero si busqué en las bibliotecas El nombre del mundo (2000), traducida y prologada por Fresán. Y al fin vi recompenzada mi curiosidad, no con el mundo delicuencial, peligroso y rápido de sus cuentos, sino más bien con una excelente novela sobre el infierno lento pero inclinado de un académico. Los anteriores libros que leí estaban poblados de losers y outlaws, en perpetuo tránsito; ahora la historia se traslada a una ciudad universitaria, donde el protagonista, que perdió mujer e hija hace cuatro años, asordina su dolor con cátedras y cenas profesorales. Claro que el libro trata de su cura, un desaprendizaje existencial del que Johnson, muy atinadamente, sólo nos indica las escalas pero no las trayectorias. Y las escalas son sus relaciones con algún profesor un poco transtornado, con un grupo de adolescentes en farra, algún exitoso jefe de alguna secta intelectual, y principalmente con la estudiante, striptisera, performer y pintora pelirroja que encierra el secreto de la seducción de una vida más libre y el deseo traslapado con la cercenada paternidad. Johnson se lo toma con calma y encausa el relato por caminos pausados pero erráticos, que van poco a poco haciendo derrapar la estabilidad del protagonista, culminando en una inconclusa escena erótica que es continuada por otra de vergonzosa violencia, y de ahí a la fuga o desvío vital hacia los terrenos adrenalínicos del periodismo de guerra. Aún no me parece tan genial como Fresán dice, pero sin duda intentaré conseguir Fiskadoro (1985).

20.11.06

Ultimos libros leídos:


Rosario Tijeras - Jorge Franco Ramos. Hay que reconocer que esta mítica novela colombiana puede no ser original y es más bien bastante digerible con su lenguaje cinematográfico, pero demuestra que las novelas que te pueden emocionar aún existen. Más una historia de amor que una de violencia (esta queda siempre, diríamos "fuera de campo") Rosario Tijeras no tiene la poesía explosiva de La virgen de los sicarios, por ejemplo, pero por sobre la dominante funcionalidad de su lenguaje logra asomar la suficiente belleza para redimirla.

¡Que viva la música!
- Andrés Caicedo. La primera vez que leí esta novela era muy joven. Quizás no tanto como los personajes que la habitan, pero si lo suficiente para no reconocer los abismos en que estan permanentemente cayendo. La obra de Caicedo puede responder siempre a este modelo de caída en la locura y la sordidez, los personajes pueden clonarse y los escenarios repetirse como un purgatorio, pero por más variaciones que haga nunca pierde su fuerza, misterio y belleza. Muchos demonios debía tener el escritor, y algunos tambien hay que tener uno mismo para degustarlo como se merece. Una obra maestra.

El lugar
- Mario Levrero. Una sorpresa descubierta en la blogospera literaria peruana. El escritor uruguayo, además de ser un estilista de la precisión, es uno de los pocos latinoamericanos que se asoma al horror sin perder la cabeza, tan sólo como si se tratara de una tabla de ajedréz. El lugar es uno de los relatos que más honor hace a su estirpe kafkiana. Espero encontrar más libros de él en España.

Las vírgenes suicidas - Jeffrey Eugenides. Si no hubiera leído tantos elogios, nunca me hubiera animado a coger este deslumbrante debut, híbrido ejemplar de técnica periodística y el aliento gótico muy a lo Casa Usher de Poe. A su lado, el filme de Sofía Coppola es un aviso publicitario, completamente ajeno a las sombras, al lirismo pantanoso y al humor negro del libro. Aunque la traducción de Anagrama o esta nada mal, valdrá la pena releerlo en su idioma original.

Minority Report y Scanner Darkly- Philip k. Dick. Últimamente no soy un gran lector de cuentos, pero no por ello he dejado de sentir la pegada de esta colección, que contiene, dentro de su respeto por el canon formal, los cuentos fantásticos más asombrosos y turbadores con los que me he topado. Como en una de sus historias, Dick escribe cuentos que pueden pasar por ejercicios de ciencia ficción pero en verdad contienen o transportan mensajes menos lúdicos y más peligrosos. No pude estar sin leer Scanner Darkly demasiado tiempo luego de ver la película. Paranoia, drogas, juegos de identidad (con sus consiguiente estrategias narrativas) y sobre todo mucho corazón y piedad ante sus personajes. Novela anti-utópica, negra, contracultural y futurista. Más legible que Burroughs y no menos escalofriante.

Sin noticias de Gurb y El año del diluvio de Eduardo Mendoza. Si fuera angloparlante seguramente no diria esto, y me decantaría más bien por John Kennedy Toole, pero ya que no es así, debo reconocer que las novelas cómicas de Mendoza son los libros que más me han hecho reir. Sin noticias de Gurb me retrotrae al Mork de Mork & Mindy pero cruzado con el Lazarillo de Tormes y no encerrado en su piso de sit-com. Ignoro los antecedentes picarescos de la literatura catalana, por lo que el humor de Mendoza me parece la mejor experiencia de humor ibérico que puedo recomendar. No cabe duda que La verdad del Caso Savolta y La ciudad de los prodigios son novelas magistrales en su manejor de los géneros policiaco e histórico, y una de las mejores aproximaciones a la historia de Barcelona, pero son novelas como ésta y el ciclo del anónimo y díscolo detective que resuelve a tranconos sus sátiras noir. Al lado de éstas, El año del diluvio es un ejercicio menor de romance folletinesco, muy bien escrita y estructurada, como siempre, pero carente de la originalidad esperable, tal vez por tratarse de un campo minado por un contingente que va desde Corín Tellado hasta García Márquez.

El asco. Tres relatos violentos
e Insensatez de Horacio Castellanos Moya. Dentro de las recomendaciones latinoamericanas de Bolaño, uno de los nombres que más ganas tenía de leer era el de este escritor hondureño, a quien comparaban como versión latina de uno de mis escritores mas admirados, Thomas Bernhard. Del primer libro, compuesto por tres relatos breves, el mejor y más célebre es El asco (Thomas Bernhard en San Salvador) (2000), donde utiliza la voz del austriaco para urdir una genial mezcla de parodia y homenaje estilístico (con cameo incluído). Pero lo que en Bernhard es angustia y rabia ácida contra Salzburgo y sus compatriotas, aqui se transforma en un terror delirante que dinamita toda la sociedad salvadoreña. Castellanos Moya dice haber encontrado en la voz de Bernhard el mejor estilo para vomitar su repulsión patriótica, lo dice como un imitador que se disfraza de otro para hacer reir pero también para lanzar bombas de mierda, protegido por el aura de la comedia, a sus enemigos. Sólo con este relato hizo con San Salvador lo que cada país merece que alguno de sus escritores se atreva a hacer con él. No he leído otras de sus obras, pero con Insensatez (2004) me da la impresión que el acento bernhardiano se va alivianando y españolizando; ya no se sienten tanto los tics obsesivos que calcaba el hondureño de su maestro, aunque todavía usa los leit motivs repetitivos, el insulto mordaz y el monólogo transtornado como vehículos para saldar cuentas con su corrompida sociedad centroamericana. Cual un Borat en shock philipkadickiano.

About a Boy de Nick Hornby. Hay escritores como Castellanos Moya, que ponen a prueba tu tolerancia , y hay otros como Hornby en quienes lo más duro de sobreponerse puede ser a la cara de Hugh Grant, que si tienes la mala suerte de haber visto el filme antes acompaña al narrador por lo menos en el primer tercio del libro. Hornby es de esos escritores simpáticos que lo único que quieren es hacerte pasar un buen rato con su humor e ingenio, perfectos para acompañar su lectura con un té y unas galletitas. Escriben novelas pulcras e inteligentes dentro de los límites de la amabilidad, y si se dan la libertad de rozar el cinismo, la inmoralidad o la pedantería sólo es para triplicar esa dosis de atrevimiento con una de redención bonachona. Sólo espero volver a tener un libro suyo a la mano si paso por un periodo de extrema angustia o depresión.

19.9.06

Para leer colocado


Acabo de leer uno de los libros que más buena impresión me han causado en los últimos tiempos, y que vino a mi desde Colombia gracias a Carlos "Licántropo" Tálaga. Hablo de Opio en las nubes, de Rafael Chaparro Madiedo. Una novela que puede tener muchos defectos de contrucción, matiz y sutileza, pero que deslumbra por la poética psico-urbana, por su permanente gramática al borde de los sentidos, por sus imágenes incendiarias, etilicas y delicadas, por todos los fantasmas del rock que cantan detrás (diría en sus lavabos ensangrentados, para contagiarme de su lexis), y en general por ese buen cocktail que hace de Burroughs, Arenas, Lowry y Salinger, dando un paso más allá del Que viva la música, de su antecesor Andrés Caicedo. Si quieren un examen más detallado del estilo del Chaparro, les recomiendo este link (aunque no estoy de acuerdo con su conclusión anti-"adolescente").
Y ésta me temo es sólo la punta del iceberg de las maravillas que esconde la narrativa colombiana. Otro de los pantanos donde me quiero introducir (suavemente).

29.8.06

Paginas en el metro



Felizmente han llegado los días en que ha aumentado mi consumición de libros y del metro (aunque no tanto como en los buenos tiempos Lima-combi). Sólo para el recuento enumero los títulos que he estado leyendo las últimas semanas:

La ciudad de los prodigios (Eduardo Mendoza). Hace mucho tenía pendiente esta novela seudo histórica que todo amante de Barcelona que se precie debe leer. Lo que más me gustó fue ese feeling a lo El Padrino que sugería el esplendoroso ascenso de Onofre Bouvilla. Lamentablemente, el rudimentario y poco convincente inventario de su caída no esta a la altura de la primera parte del libro.

Contacto (Dennis Copper). Decepcionante, banal, aburrido y monocorde. Equiparable a lo peor que se haya hecho en el Cinema de la Trasgresión. Seguiré buscando al Richard Kern de las letras norteamericanas.

El gran cuaderno (Agota Kristof). Realmente no tenía ni aún tengo mucha información de esta novela, de la que no había escuchado hablar hasta que Myrna me la dio. Relato maldito, cruel y casi abstracto en su planteamiento narrativo, que sin embargo retrata como pocos los horrores de la Guerra. Lo mejor es la construcción de esa voz bicéfala encarnada en lo niños gemelos protagonistas, verdaderos ángeles de la muerte (o la sobre vivencia) producidos por la locura bélica.

Cosas que debes saber (A.M. Homes). Otro gran descubrimiento, que abre mejor la veta de narrativa norteamericana en la que me pienso zambullir, de la mano del Top 25 realizado por Rodrigo Fresán (a explorar ya vía Amazon con mi primer sueldo). Escuela Cheever, como no, pero que roza las brillantes intuiciones poéticas de Clarice Lispector, bajo un manto de sordidez Ian McEwan (al menos del primero, que es el que he leído) y surrealismo gringo a lo Lynch. Bueno, no es difícil adivinar que este ultimo referente, ya tópico al referirse a ella, fue lo que me incitó a leerla, pero también debo confesar que ayuda mucho la oscura y tierna belleza de la escritora. Un universo propio, vamos, en el que maravilla y reconforta introducirse. Dicen que The End of Alice es espeluznante. Ya les contaré.

18.7.06

Aderezos picantes



Luego de mucho tiempo deseándolo, pude leer Wasabi, novela que puso a Alan Pauls en el Olimpo de los escritores hispanoamericanos de hoy en día. De Pauls había leído antes El pasado, libro premiado por el Herralde cuyas maratónicas casi seiscientas páginas, sin o recuerdo mal, fueron uno de los últimos retos de lectura de larga distancia que me he permitido. Y no lo digo por la extensión en sí misma, sino porque creo que a partir del segundo tercio uno sigue leyendo con la esperanza insatisfecha de encontrar algo de la brillantez que se encuentra en la primera parte de su novela. Y es que Pauls es dueño de una de las mejores prosas en castellano, sin duda, pero también es víctima de ella, enredándose en elegancias y sofisticaciones que pueden entusiasmar al gramático pero hastían al lector prematuramente emocionado.
Con Wasabi, novela cuatro veces más breve, me pasó algo similar. Desde ya, me encontré con una prosa tan enmarañada y sugerente como la de mi anterior lectura. En un principio me esperaba algo más cercano a un descenso pesadillesco (como anunciaba la contraportada) que a una sátira lisérgica, pero ahora veo obvio que lo último le va mejor a un estilo virtuoso en frases largas y acrobacias barrocas. Hay genios que pueden hacer todo eso a la vez, como por ejemplo Onetti, a quien se ve a leguas Pauls tiene como maestro en su predilección más por las comas que por los puntos finales, pero no es éste el caso del escritor bonaerense. El aguzado oído y la facilidad para la narración ondulante de Pauls es remarcable, pero su propio estilo, que funciona a la perfección en comedias negras como la falsamente espeluznante Wasabi, lo hace fracasar en odiseas sentimentales como la de El pasado. No puedo evitar pensar en las contorciones faciales de Jim Carrey, cuyo limitado registro no daba trazas de cambiar hasta que aparecieron Man on the Moon y sobre todo la asombrosa Eternal Sunshine of a Spotless Mind. Esperemos que en su próxima obra a Pauls le alcance el talento para ampliar con mejor fortuna, es decir con más sensibilidad y menos (o igual) ironía, su registro.