2.4.07

Un idilio sin atributos


Luego de varios años sin atreverme a leer una novela de Mario Vargas Llosa, y menos una reciente, este fin de semana caí en la tentación de abrir las páginas de la última, Travesuras de la niña mala. Y entonces recordé el por qué. No sólo se trata de que, una vez comienzo a leer una novela suya, sea habitual que no pueda dejarla y pase dos o tres días capturado y luego con una lenta digestión; además, es uno de los raros casos en que un libro menos para completar al autor nos da más pena que satisfacción. Con este auto control, he podido conservar en los últimos quince años, desde que leí La ciudad y los perros, obras vírgenes.
Este fin de semana rompí esa costumbre y, como he dicho, me vi de nuevo raptado por el inmenso poder fabulador de quien sin duda es el mejor novelista peruano y uno de los mejores de la literatura universal. Travesuras de la niña mala es una de sus novelas menos ambiciosas a nivel formal, pero también una de las más emotivas y la que guarda a uno de sus personajes más notables: la polifacética niña mala. Se trata del relato en retrospectiva de un amour fou, de toda la vida, en la vida nada notable de un traductor e intérprete peruano -miraflorino para ser más exactos- radicado en Europa y sobre todo en París, ciudad a la que se le rinde un entrañable homenaje. Cada capítulo esta enmarcado por una capital y una época distintas -somera pero muy precisamente descritas- en las que la vida del narrador se recupera del recuerdo de la niña mala, solo para volver a toparse con ella, bajo un nuevo disfraz y amante, liarse con toda la cursilería y fatalidad del caso, y ser de nuevo abandonado en circunstancias cada vez más infames. Lima, París, Londres, Tokio y Madrid son escenario, desde los cincuentas hasta los noventas, de esta historia de amor, vulgar y pedestre como el peor bolero, pero cuyo tesón y firmeza a lo largo de los años son conmovedoramente heroicos.
El genio narrativo de Vargas Llosa es capaz de darnos una excelente historia de amor con la estética de lo huachafo, peruanismo que denota lo burdo, trillado, chabacano, de mal gusto; un arte poética de lo prosaico, que juega y le da vuelta al melodrama y al folletín, trascendiendo desde su anti-poesía gracias a las dos pasiones -la firme y la intempestiva- que construyen a sus personajes. Una novela pues sencilla a nivel estructural (capítulos episódicos, en los que la historia principal toma como único contrapunto la del respectivo personaje secundario) y ramplona en su estética, pero que aún así vibra en cada página gracias a la universalidad de ese amor miserable e imposible, intenso y cutre, escéptico y devoto, mediocre y sórdido, que va descubriendo a lo largo sus trescientas y tantas páginas el múltiple "rostro del amor", como se describe de manera tan hortera y atinada en la contra carátula la trama (cariz que también puede extenderse al título del libro, nunca tan engañoso pero certero como siempre). En definitiva, una novela apasionante como las mejores del escritor peruano, modesta pero sabia, corriente pero deliciosa.