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16.2.10

En vivo

En lo que respecta a conciertos, comenzamos bien este año: The Field y Sunn O))) en enero, y la semana pasada un grupo que siempre desee ver: Glass Candy.

The More I Do es uno de los temas paradigmáticos del estilo de Axel Willner, que llamaría techno metaclimático, ya que juega con tensiones y resoluciones de pequeños loops que están en sí mismos extraídos de secciones típicamente extáticas de la música de baile. Verlo y bailarlo en vivo, con batería y bajo reales, es por eso una metagozada.



El directo de Glass Candy suena mucho más cañero de lo que su disco hace suponer; esta más cerca del electropop que del melancólico híbrido de Kraftwerk e Italo Disco que encontramos en sus grabaciones. En directo, Ida No deja algo que desear como cantante, pero tiene una presencia y energía que nos hace perdonarle todo (salvando distancias, me hizo recordar la a Els Pynoo, de Vive La Fête).



Lástima que tocaran tan poco. Espero que pronto el sello Italians Do It Better traiga a otro de mis favoritos: The Chromatics.

2.7.09

Datos falsos


Una de las mejores experiencias audiovisuales que recuerdo fue el prototipo de Datamatics en el Sonar 2006. Que este año haya vuelto en versión 2.0 y se presente en el ensoñador Teatre Grec bastó para querer volver a ver esa coreografía de datos: puntos, rayas, palabras, números, coordenadas, etc., extraídos de la bolsa, de una estadística, de un satélite, del mismísimo ADN, o de un simple microchip. Datos moviéndose en la pantalla al ritmo ultra preciso de la música de Ryoji Ikeda: una colección en sí misma de los ingredientes más puros de la música electrónica: clicks, glitches, drones, beats, ruido, filtros, reverberaciones y modelos de síntesis varias, combinándose en formas ambientales o technoides. Durante casi una hora el público se convirtió en voyeur cautivo de un espectacular código binario, asombroso como cabía esperar, aunque como todo lo que tiene una estética tan tecnológica y se confía a la velocidad, algo avejentado luego de tres años.

¿Y cual fue el plus que hizo de este set distinto de su antecesor? Una breve segunda parte, en la que el protagonista no sólo era el dinámico flujo de datos sino la obra misma, transformándose en un meta-datamatics.

Tal vez el problema fue que no estamos lo suficientemente avanzados para prescindir de lo humano y conformarnos con la alquimia de los bits; o tal vez el arte digital está aún más cerca de la ciencia que de la magia, y esperábamos algo más próximo a la iluminación de una demostración metódica que al fascinante engaño de una proyección en las sombras. Queríamos a Ryoji, queríamos azar, queríamos demostraciones en tiempo real. Porque si todo se resumiera en su diseño minimal o en sus renderizados 3D, no hay en ellos mucho de original; y si se trata de la virtuosa edición, poco podemos sorprendernos si ya hemos visto las sincronías cinematográficas de Walter Ruttman y su Berlín, sinfonía de una ciudad, compuesto más de ochenta años atrás.

Desde luego, me disculpo si en algún lugar la organización del Festival Grec advirtió que se trataba sólo de una proyección, pero ya de por sí me parece engañoso incluir este espectáculo en su programación de conciertos. Como ya sabemos, demasiados datos no garantizan buena información.

6.11.08

Delante y detrás de la música

No me puedo quejar. Antes que pase la resaca del Festival de Cine de Sitges, comienza el In-Edit Beefeater, dedicado al cine documental musical, y ese mismo fin de semana tocan Infadels y Ladytron. Del In-Edit me quedo con las pelis sobre Patti Smith, Surfin' Bichos, Brian Wilson y A Technicolor Dream, que reseñé para Maumau en una, dos y tres partes.

El concierto de Infadels fue una pasada, súper energico y bailable, desde los primeros acordes de Circus of the Mad, la canción que más quería escuchar, hasta un sorprendente cover de Sweet Dreams (Eurythmics). Buen sonido y mejor desempeño sobre el escenario, a pesar de que no debíamos llegar a los cincuenta los asistentes a esta cita dominguera.

A Ladytron fui con las advertencias de que éran un hermoso iceberg en vivo, lo que no me importaba mucho, ya que se trata de una excelente máquina de hacer canciones. Su buen oído para la melodía con gancho, su intraicionable sonido y la estética delicada, cool y oscura que han mantenido desde sus inicios, son signos de una banda más madura de lo que parece y que, hasta su cuarto y último disco, Velocifero, no ha hecho más que superarse. El pero no vendría de su gelidez escénica -incluso puedo dar fe de que bailaron un poquito-, si no del sonido opaco y descalabrado, impropio de la Sala Apolo; además de que bien merecían Barcelona y una sala casi llena el impresionante juego de luces que, según leí por ahí, traían consigo en este tour.

27.6.08

No hay tiempo


No hay tiempo para escribir. No hay tiempo para escuchar discos. No hay tiempo ni ganas de ir al cine. Pero sí hay tiempo de leer y de ir a conciertos. Algunas notas sobre lo primero:

>Poesía: según J.C. Yrigoyen, con quien hace unos días estuvimos cheleando aqui en Barcelona, la poesía argentina no ha tenido el desarrollo de su narrativa y la peruana pasa por una amodorrada transición. ¿Y la chilena? ¡Buiiiiina, poh! Le gusta Germán Carrasco más que nadie entre los nuevos, y yo luego de leer Clavados, de este autor, y los poemas incluídos en la antología Cuatro Cuartetos/Cuatro poetas recientes de Chile, yo me inclino más por el preorgásmico ritmo de Paula Ilabaca y sobre todo por los cantos cursis, sórdidos, líricos y muy urbanos de Diego Ramírez, el más joven del cuarteto y alguien con quien supongo conectará mucho la juventud pokemona chilena. Citar a Pasolini, Sylvia Plath y Enrique Lihn es sólo una invitación a su prometedora locura.

>Fogwill: Leyendo su antología en Mondadori, Cantos de marineros en la pampa, descubro a este mito de la literatura argentina y no encuentro nada de lo que me imaginaba. No la locura y el delirio que había proyectado, pero sí a uno de los grandes del post boom. Muy lúcido y algo pervertido. Me gustaron todos los relatos, menos el que da título a la colección (no lo pude ni terminar de leer) y más que ninguno La larga risa de todos estos años, que desde ya propongo como uno de los mejores cuentos en nuestro idioma de los últimos 25 años.

>Lydia Lunch: Su novela Paradoxia, ahora traducida al castellano, es uno de los más estimulantes, bien escritos, valientes (tal vez mejor sería decir bravucones) y nada aburridos relatos eróticos que he leído. Y eso que no tengo en mucha estima el género.

>Psychedelic Furs: Lo único que diré es que, si bien demasiado corto (1:20 hrs. aprox), fue un placer hiper danzable y potente en flash backs el directo de esta mítica banda de los ochenta. Lo mejor fue poder bailarlos, hit tras hit, a un metro de distancia, como si de una disco y no de un concierto se tratara. Lujo.

31.3.08

Snuff Jazz


Este año, los exquisitos Caprichos de Apolo cerraron su programación con una lección nada ortodoxa de jazz. Para comenzar, Ingebrigt Håker Flaten Quintet calentaron la noche con una serie de diapositivas sonoras en las que se alternaban distintas vertientes del género; su recital fue como un cadáver exquisito en el que se sucedieron ejercicios de estilo clásicos, como el bop ó el cool, con otros de avanzada como el free jazz o el jazz-funk, siempre aderezados con arreglos que podían sonar a veces a Paganini (¿un homenaje al ciclo huésped?) y en otros momentos a Jimmy Hendrix. Así, era fácil cerrar los ojos e imaginarse una sucesión de postales vintage con sus correspondientes alusiones: Monk, Coleman, Coltrane, Braxton, Davis, etc., traspasados por la vigorosa tónica sonora de un quinteto cuyo ecléctico oficio musical abrazó con soltura la atonalidad, el ruidismo digital o los paisajes cinematográficos (remembranzas de Tarantino y Peckinpah sugeridas).

Luego de esta inmersión en la caja negra de referencias que recorrió nuestra parte favorita de la historia del jazz, estábamos preparados para asimilar mejor uno de los actos más radicales de este estilo musical: Lean Left, banda compuesta por Ken Vandermark (saxo tenor, clarinete), Paal Nilssen-Love (percusión) y los guitarristas de la banda noruega The Ex, Terrie Ex y Andy Moor. Desde el primer tema, Lean Left dejó claro que lo suyo no era la recopilación museística sino la demolición y el incendio; como si las eruditas invocaciones de la banda anterior se hubieran quedado flotando en el ambiente sólo para ser víctimas de un concierto snuff.

Su actuación comenzó con un dúo furioso de guitarras eléctricas, en los que a veces parecían enfrentarse entre ellas como bestias jurásicas y otras ensañarse juntas en el desmembramiento de algún fantasma (invisible para todos menos para Terrie Ex, quien lo miraba fijamente en el suelo mientras descargaba contra él hachazos de acordes chirriantes, producidos sea con la típica uña o con baquetas, toallas, ganchos de ropa o cualquier objeto que le sirva de instrumento de tortura). Y si la obertura fue brutal, lo que siguió fue puro crescendo. El segundo acto fue otro dúo, de no menor abrasividad, entre el clamor frenético soplado por Vandermark y la implacable cabalgata polirítmica de Nilssen-Love. Más tarde, ya todos coludidos, continuarían con su ritual de virtuosa disonancia, dando fragor a lo que para este servidor sería uno de los puntos máximos de maestría y tábula rasa instrumental que ha tenido la suerte (y el capricho) de testificar.
(Publicado originalmente en Mau Mau Underground)

23.3.08

(R)Evolution Rock


Siempre es una pena y una suerte estar en un concierto de un grupo importante al que asisten sólo de un puñado de oyentes: el veneno de la sala casi vacía contrarrestado por la exclusiva cercanía de los artistas. Eso pasó la noche en que los Mekons tocaron en la [2]; el pequeño local no pudo ocultar su esmirriada convocatoria, más extraña aún cuando la mitad de los asistentes superaba los cuarenta años y nadie tenía mucha pinta rockera. ¿Qué puede significar que cualquier vagón del metro tenga más punkis ataviados que el concierto de uno de los más puros representantes del pedigrí post-punk británico? ¿Posturismo al descubierto? ¿Analfabetismo musical? ¿Simple recesión económica? La razón, cualquiera que fuese, no pudo opacar el imponente despliegue musical de un grupo que hace mucho dejó atrás su bandera de amateurs y está hoy en día en pleno dominio de sus poderes.

Y es que hablar de los Mekons es hablar de un grupo que tuvo la integridad suficiente para no seguir fingiendo que aún no sabían tocar, y derribar los barrotes de su inicial grito punk para salir a explorar fusiones con otros géneros como el reggae, country y, principalmente, el folk. En ese sentido, se han mantenido más fieles al espíritu que al método del movimiento que los sacó a la luz. Porque el encasillamiento sólo sirve a las compañías discográficas y a los reponedores mal pagados de las tiendas de discos, y una banda que se forjó en un ambiente de cooperativismo no tiene un ego fuerte que defender. Gracias a eso, han podido forjar una obra más continua y estilísticamente enriquecida que sus hermanastros Gang of Four y Delta 5.

Sobre el escenario, los Mekons demostraron que pese a su madurez (musical y cronológica) aún tienen carisma y se saben divertir. El show estuvo encabezado por Jon Langford, guitarrista y cantante fundador del grupo, y por la Sally Timms, a cargo de las vocales femeninas. Ambos muy cómodos en su papel de anfitriones, a lo que seguramente contribuyó la intimidad del recital. El tercer protagonista de la noche fue sin duda el saz eléctrico de Robert "Lu" Edmonds, instrumento de origen turco un que en las manos, los pies y los pedales de Edmonds servía más a la mística folk rock que a sus acentos originarios. Cockermouth, Fantastic Voyage, Perfect Mirror y Big Zombie fueron algunos de los hitos del repertorio, que onduló entre el hard rock clásico y el folk oscuro cercano a unos Espers o Black Heart Processión.

(Publicado originalmente en Mau Mau Underground)

El canto del hollín


Supongo no fui el único que, al ver a Fabrizio Modonese Palumbo, a.k.a. (r), subirse al escenario con su guitarra, imaginó un preámbulo lleno de informe y dolorosa distorsión, como capas de metal sónico recién salidas del horno. Magno error, totalmente atribuible, claro, a nuestros prejuicios, a su cabeza rapada y a su larga y afilada barba. Para mi sorpresa, tras esa apariencia de rudo motero, el músico de Larsen, XXL y Blind Cave Salamander destiló de sus dedos y de su instrumento un ambient delicado y paisajista, lleno de reverberaciones que se internaron con suaves trazos en el ecran privado de nuestras mentes. Música de luces apagadas y hondo letargo (a la que, si algo hay que objetar, son las voces incrustadas) configuran pues el proyecto en solitario de este incansable Modonese, quien además de integrar los grupos mencionados, ha colaborado con un extensa lista de creadores que incluyen a Current 93, Matmos, Xiu Xiu, Baby Dee, Damo Suzuki, Akron/Family, Nurse With Wound, Jarboe, Lydia Lunch, My Cat Is An Alien, Fovea Hex y por supuesto Michael Gira.

El efecto dejado no podía ser otro que íntima anestesia. Muy apropiada para prevenir la aparición de Michael Gira, el hombre detrás de Swans, uno de los grupos más espiritualmente devastadores que salieron de los ochenta, y del más apacible pero no menos tenebroso -y paradójicamente bautizado- Angels of light. Y es que no hay muchos músicos capaces de erizarnos la piel con sólo su guitarra acústica y su voz de crooner. A su lado, Leonard Cohen parece un trovador de bubblegum pop y Nick Cave un baladista desahuciado por la diabetes. Para superar a nuestros máximos héroes de la depresión, la música de Michael Gira se vale sólo de sus acordes, repetitivos e hipnóticos, de su voz cavernosa, que parece entonar canciones de cuna a la caída y el apocalipsis, y de unas letras bruñidas como ónix (un acompañamiento perfecto para un libro como The Road, de McCarthy). Temas de su larga trayectoria como All lined up, Love will save you, Blind, Rose of Los Angeles, etc., implosionaron entre la reducida audiencia como presagios de luto interior. En definitiva, el recital fue un buen baño de ceniza para nuestra ritualista felicidad, y para hacerle justicia, cuando en un momento Gira preguntó cómo estábamos, debimos haber contestado con un agradecido “mal”. Abajo, el primero de los seis extractos tubeados.



(Publicado originalmente en Mau Mau Underground)

19.2.08

Eclipse de arcángeles empantanados


Una de las noches más exquisitas y extrañas del ciclo de conciertos Caprichos de Apolo abrió con Fovea Hex, el último proyecto musical de la irlandesa Clodagh Simonds, cuya larga trayectoria en los límites más pantanosos del sonido experimental ha transcurrido, desde su adolescencia sesentera en la psicodélica Mellow Candle, con enfocada y brillante parquedad. Eso sí, siempre se ha rodeado de un selecto grupo de exploradores musicales, como Current 93 y Matmos, y en especial en este proyecto colectivo ha albergado a luminarias como Brian y Roger Eno, Robert Fripp, Carter Burwell, Colin Potter, etc. El resultado es Neither Speak Nor Remain Silent, una trilogía de EPs (Bloom, Huge y el recientemente publicado Allure) que bien podrían escucharse como a tres sirenas de pedrería cantando desde una caverna agreste.

Acompañada por la voz y el acordeón de Laura Sheeran, el violín de Cora Venus Lunny, la cellista Julia Kent (Anthony and the Johnsons) y las manipulaciones digitales de Michael Begg, Simonds irradió desde el escenario sus velos de ambient proteico, denso pero cristalino, ese folk cósmico (pero no solar, si no de agujeros negros) que con la delicadeza de sus coros diamantinos desencadenaba tormentas instrumentales y nos encauzaba con ellas hacia un submundo de lirismo feérico.

La segunda parte de la noche fue menos abismal y más etérea, con el melancólico y dulce noise-dream-pop característico de las dos últimas placas de Pluramon y su celestial protagonista vocal, Julee Cruise. Hay que decir que muchos de los que estábamos en la sala fuimos atraídos el encantamiento musical de David Lynch, cuyos más hermosos discos (Floating Into the Night, The Voice of Love) y bandas sonoras (Twin Peaks, Fire Walk With Me) la tienen a ella de médium. Era una oportunidad para verla e imaginarnos transportados a esas escenas llenas de humo, terciopelo y cañones de luz. La sorpresa fue conocerla no cómo la vaporosa e inmóvil cantante que nos da la bienvenida a otra dimensión, si no como una especie de Alicia en el manicomio, su histrionismo infantil lleno de alucinaciones y movimientos rotos, como una muñeca perdida en el infierno que no deja de sonreír.

Es cierto que la música de Pluramon, cuando no tiene la alquimia purificada de My Bloody Valentine, Cranes y Mazzy Star, es decir, cuando deja en un tercer plano su lado sónico y ruidista, se asemeja mucho a las baladas de Badalamenti/Lynch, por ejemplo en temas como If Time Was on My Side o Can’t Dissapear, de su última placa, Monstrous Surplus (2007). Pero también es cierto que a veces adaptan éstas canciones, más próximas al jazz y al new age, a su refinada electrónica shoegaze. Gracias a eso, pudimos disfrutar de una versión un poco más crispada de Mysteries of Love, extraída de la banda sonora de Terciopelo azul, para deletite de todos los fanáticos lyncheanos (ver el vídeo abajo y más en youtube).

En fin, fue una noche de armonías, de texturas y emociones perfectamente equilibradas, dominadas por una atmósfera de ternura valiente. Una lección de que, aún cuando se asomen a los vórtices más dolorosos de la melancolía, la descarga y la catarsis no son la única forma de intensidad.

(Publicado originalmente en Mau Mau Underground)

14.9.07

Una sucia trinidad

Desde que los vi por primera vez en concierto, sin conocerlos antes, los Dirty Three me arrebataron. Bajo ningún motivo uno debe perdérselos, si no quiere perderse uno de los directos más líricos y torrenciales de nuestra era. Warren Ellis (violín eléctrico), Mick Turner (guitarra eléctrica) y Jim White (batería) hacen una música que es como si destilaras un concentrado de Neil Young & Crazy Horse, Mogwai y el último Coltrane. Es decir, puro flujo country post-rock noise jazzeado. Para muestra, un extracto de su actuación en el Primavera Sound de este año.

James

No creo arriesgarme mucho si proclamo ya que mi mejor concierto de este año fue el de los reunidos James en el Summercase. Y como no serlo, si se trató de un Best of... en vivo (la única canción nueva no la tocaron porque se perdió el papel con la letra). Ya había visto a Tim Booth antes (de hecho fue el primer concierto al que fui cuando llegué a Barcelona) y gocé con la mitad del repertorio compuesta por los hits de su clásica banda. Pero esta vez fue demasiado. Las canciones que te pueden hacer llorar... el vocalista que baila en el éxtasis que tu sientes y quisieras imitar... la gente tan feliz como tu, cantando, a tu alrededor ... y lo más sorprendente es que todo lo viví excepcionalmente sobrio... En fin, aquí tenéis mi playlist, y perdón por el sonido (no se os ocurra que fue así), pero es uno de los gajes de estar demasiado cerca.

3.9.07

La novia solista: PJ Harvey en Summercase 07

A pedido del público, coloco aquí los vídeos que grabé de PJ Harvey en el pasado Summercase. Un recital intimista, a carpa cubierta y artista cubiertísima. Sólo Polly Jean y sus instrumentos, sin banda que la secundara, interpretando hits y nuevos temas con una desnudez que no traicionaba en nada a sus grabaciones. Esperábamos algo más salvaje, pero su voz nos aplacó.

4.4.07

Las canciones perfectas del fracaso


Uno de los músicos que más admiro es Matt Elliott, a quien descubrí ya como solista, en el barullo de los plausos mediáticos que recibió el su segundo disco, Drinking Songs; es decir, sin el background de Third Eye Foundation, su anterior proyecto musical. Luego de eso lo he ido a ver cuatro veces, la primera desafortunada y digna de Cassavettes, y las siguientes en el Sonar 2005, el FIB 2006 y este último sábado en el Apolo de Barcelona. Por suerte, esta repetición no ha traido cambios, y pude ver otra versión de sus poderosos directos con Manyfingers, ya no como acompañante sino como telonero. Manyfingers hizo honor a su nombre creando un tejido rítmico de samples grabados en directo y superpuestos uno sobre otro. Y luego Matt Elliott presentó su reciente Failing Songs. Más tempestad sónica atravezada por un melodía alambrada que cierra una trilogía que si en verdad lo es (lo cual ignoro) sería perfecta.
Si no me equivoco, en breve estará tocando, esta vez acompañado de una orquesta (sensato reemplazo de Manyfingers), en el Primavera Sound. Os dejo un extracto:

25.3.07

Un artista de lo guarro


Este mes pude presenciar a uno de los artistas más freaks que he visto ultimamente: Bob Log III. Psycobilly con toques country, blues y mucho sexismo, seria el acompañamiento perfecto si Russ Meyer (con quien comparte muchas obsesiones) hubiera filmado una versión trash de Mad Max. Además de usar y abusar del slide guitar, tocar la batería con los pies y cantar desde un casco de motocicleta que tiene incrustado un receptor de teléfono, este bizarro personaje ha hecho importantes contribuciones a la música como la técnica bautizada como tit-clapping, es decir, nada menos que percusiones mamarias. La verdad es que como músico es un buen performer, ya que en vivo su música puede ser divertida pero luego de cinco temas (que felizmente equivalen a diez minutos) te vas dando cuenta de lo poco que difieren unos de otros. Aca los dejo con un videillo.


22.3.07

Bajo la carpa más oscura del rock n' roll


Ayer John Cale tocó en el Apolo. Oportunidad ineludible para ver a la mitad más creativa e innovadora (la menos fosilizada, vamos) de The Velvet Underground, mejor aún cuando se trata de una gira que promociona su ultimo disco, Circus (2007), una selección en directo que repasa lo mejor y más rockero de su carrera. El concierto comenzó con una hora de demora y llamó la atención la estricta prohibición (permanente, pero que no suele cumplirse) de cámaras y tabaco. La sala no estaba tan llena como se esperaba (Cale no es un artista de mayorías), y gracias a eso pude estar en primera fila. Al salir, precedido por un drone ruidista, como se había anunciado Cale dio inicio a un concierto marcado por las guitarras y no por los ambientes de introspección y sugerente electrónica que marcan gran parte de su obra. Durante dos horas aproximadamente, el galés dio rienda suelta a su lado más salvaje, que (digámoslo ya) no es necesariamente el mejor.
A mi parecer, Cale triunfa menos en los momentos en que su talento se ciñe a un riff guitarrero y un poco de potencia rítmica. Así, canciones como Jumbo o Woman pueden ser inobjetables e inteligentes ejercicios de hard rock, pero nunca rozarán el mágico arrebato que causan otros clásicos en este género. Yo creo que la genialidad de Cale esta más en los ritmos medios, en esas canciones donde, con un poco más de reposo y con la ayuda de los abstractos climas de sus composiciones, su lirismo vocal puede extenderse más intensamente y alcanzar esa contagiosa emotividad de joyas como You know more than I do y Chinese Envoy, para hablar de algunos temas que interpretó. Menos mal que estos momentos no faltaron en su repertorio (con algunas coincidencias, pero en general distinto al del álbum) y disfrutamos de temas como Strange times in Casablanca, Buffalo Ballet, Fear is a Man's Best Friend y otros más actuales como Hush y Sold Motel (del Black Acetate). Mención especial merecen la extraña versión de Heartbreak Hotel, en clave dark funk, por llamarla de algún modo (prefiero su interpretación más clásica, la angustiosa y casi terrorífica del Slow Dazzle, a la que es más fiel la que viene en el Circus), y como no podía faltar la revisitación al seminal Venus in Furs. Se extrañaron Pablo Picasso, Femme Fatale, Hanky Panky Nohow, por citar algunas.
Luego del concierto hubo una firma de autógrafos, gracias a la cual tengo alguna imagen que ofreceros. En general, el recital tuvo ese ambiente íntimo y especializado, el mejor que se puede pedir para una de las leyendas más difíciles y minoritarias de la historia del rock.

13.3.07

Corcobado y la poesía rock


Soy de los que creen que la poesía y el rock son dos artes cuyo matrimonio suele ser más desastrozo que el de las estrellas de Hollywood. Y en la mayoría de los casos es porque el compositor quiere ser músico por un lado y poeta por otro, en lugar de intentar hacer poesía con la conjunción de ambos medios. Ejemplos flagrantes de esta monstruosidad pueden ser las letras de Héroes del silencio, Spinetta o del peor de todos: Joaquín Sabina; mientras que unos buenos ejemplos siempre serán el Fernando Alfaro, Charlie García o Gustavo Cerati, para hablar de nuestra lengua, ya que no puedo dejar de citar a uno de mis letristas favoritos en ingles: Iggy Pop (en los discos de The Stooges esta la mejor prueba). A mi parecer es muy distinto cantar un poema a hacer poesía rock. Para hacerlo bien, los textos tienen que ser mucho más límpidos, ya que el más mínimo devaneo retórico resalta más que en el papel. Musicalidad y síntesis son valiosas, como en toda buena poesía, y más que nunca la transmisión directa (que no es lo mismo que denotativa) de la emoción. Es menos fácil engañar con abstractos y vacíos juegos de palabras (como hacen los dos malos ejemplos antes citados) o con rimitas bobaliconas de trovador (como hace el peor de todos).
Así como un un mal poeta rock hace siempre mala literatura, un buen poeta del rock no siempre hace literatura (ni buena ni mala) . Aunque claro, a veces pasa. Leonard Cohen, Nick Cave y Patti Smith quizás sean los ejemplos más célebres. En el ámbito castellano Fernando Alfaro, el lider de Surfin' Bichos, tiene algún libro de poemas y relatos. Y otro que tiene tres libros de poesía es Javier Corcobado. No he leído estos libros pero si he escuchado sus discos y me parece que nadie como él ha sabido llevar a tal perfección este arriesgado cóctel. Es uno de los rockeros más literarios que he escuchado, y aunque no es infalible, en la mayoría de los temas sale bien parado. Hace un par de meses tocó en Barcelona, como parte de la gira de su ultima producción, Editor de sueños, un disco elegante, melodioso y muy bien producido, lleno de canciones en donde su cavernosa y sensual voz pone en escena una vez más su melancolía sucia y su apocalíptico romanticismo. Corcobado tiene un talento sin igual a la hora de encontrar y unir palabras y melodías capaces de enroscarse a tu cerebro desde la primera escucha y quedarse ahi por varios días. Su música no es fácil ni para todos los gustos. No todos se atreven a apreciar su belleza sangrante ni a exponerse a las furias ruidistas que, si bien más escasas, siguen definiendo su estilo. Su figura en el panorama musical ibérico es polémica, tiene muchos seguidores y muchos detractores, pero poco a poco se va afianzando como una de las más originales y sólidas propuestas, que no en vano y sin desmedro de ninguna de las partes ha sido comparada con la de Nick Cave, dados sus varios paralelismos estéticos.
Aqui podeis disfrutar de un extracto de este emocionante concierto.

5.3.07

Crónica (Tardía) de Festivales 2006

Aqui va la crónica de los festivales de música del año pasado, tal como se la mandé a Autobús. ¡Que salga pronto, Luis!

IN HEAVEN (EVERYTHING SOUNDS FINE)
Radar musical desde los mejores festivales ibéricos (que están en Cataluña) 2006

Comenzaré diciendo que, para mí, asistir a un festival de música es lo más cercano que conozco a un paraíso. Ninguna otra experiencia (cuyas entradas puedan comprarse) me ha trasladado a un mundo donde lo único importante es la música, específicamente la música en vivo, y no cualquiera sino la de los grandes y medianos nombres que te han hecho mover mil veces el cuerpo a ritmos a los que no habías probado moverte, o cerrar mentalmente los ojos y dejar de conducir tus pensamientos para ser mero un tripulante. En fin, un paraíso donde lo divino emerge de los amplificadores y se le rinde culto frente a los escenarios.
Esto puede sonar exagerado, lo se, pero no lo es tanto cuando uno nace melómano y en el Perú; un país donde sólo un par de veces al año hay algún evento importante, de los cuales uno no se llega a realizarse y otro involucra a algún artista cuyas últimas noticias hay que rastrarlas en los archivos periodísticos de (por lo menos) la década anterior. Un país cuyo referente más cercano, con sede en Cusco, sólo aspira a vender refritos y cerveza a los juerguistas de siempre. Así que imaginen lo que fue para este servidor llegar a Barcelona y sin previo aviso toparse con una cartelera que incluía a su banda favorita de todos los tiempos —Iggy & The Stooges—, junto a media docena de nombres que sólo había visto reunidos en las vitrinas de Galerías Brasil. Primavera Sound, Sonar y Benicassim son los festivales a los que fui ese año y repetí el siguiente (mas el Summercase y el Primavera Club), con la periodística satisfacción de ahorrarme la entrada y la revisión del bolso.
Cada vez que traspaso la entrada, lo cotidiano desaparece; el tiempo se fragmenta y reorganiza según un folleto y mi única preocupación es beber (para no deshidratarme) y elegir cual banda ver después. De escenario a barra a escenario, debes atravesar un desfile de sneakers, minifaldas, gafas de sol, idiomas, peinados y algunas (más bien muchas) deidades que vienen a divertirse y son el segundo elemento que me hace pensar que se trata de un espacio sagrado. Sin ellas, esto se convertiría en un desierto de sonidos que salen disparados y se pierden en el vacío, como pelotas en un pinball sin ejes ni magnetos. Por suerte, eso no sucede y mis oídos y mis ojos son testigos de que en el cielo todo debe estar bien.

SONAR (15-17/06) GRAFITTIS PIXELEADOS.
El Sonar es el festival más antiguo y a la vez el que tiene una imagen más moderna, gracias a una poliédrica personalidad arty que han venido alimentándose con música y arte electrónico como platos principales. Este espíritu curatorial es su gran valor y le ha ganado un prestigio transeuropeo, que se deja ver cuando las calles que rodean el céntrico MACBA (Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona) bullen de locales y visitantes (estamos en lo álgido del turismo veraniego), masas de cuerpos jóvenes y sedientos, agolpados para comprar entradas mientras beben cervezas antes de entrar, o para comprar cervezas mientras escuchan afuera algún concierto antes de beber.
Desde tempranas horas de la tarde, diversos escenarios ofrecen un buffet que incluye desde noise a hip-hop, sin olvidar los espacios dedicados al arte multimedia. Y es que es un evento con doble personalidad, capaz de convocar al melómano sofisticado, publico objetivo de The Wire, y también al clubber que busca desfasar con los super DJ’s de toda la vida. Para éste, el Sonar Noche se realiza en un gigantesco local de más de 10,000 m2 divididos en cuatro escenarios donde luminarias dance como Miss Kittin, Richie Hawtin o Laurent Garnier, entre otros, suelen estar frente a los platos.
El año pasado los ritmos negros y las texturas japonesas fueron las líneas a seguir. Puntos extremos como los versos dub del veterano Linton Kwesi Johnson (Jamaica) y la ingeniería digital de Ryoji Ikeda (Japón) colorearon una amalgama sónica donde se encontraban, puras o combinadas, pinceladas de reggae, dub, dancehall, hip hop, soul, afrobeat, jazz, rap, turntablismo, disco, funk, beatbox, noise, psicodelia, IDM, acid, minimal, electro, techno, house, y un largo etcétera de eclecticismo y experimentación invitados de todas partes del mundo.
Difícil reseñar cada cosa que vimos, especialmente cuando se te vienen a la mente también las que no viste, y es que una de las reglas de los festivales es no frustrarse por las maravillas que te pierdes por el simple hecho de no poder desdoblarte. Lo mejor es tener una ruta trazada y no esperar a nadie.

Esto es solo un brevísimo apunte de lo que trajo el Sonar, dejando de lado muestras, intervenciones urbanas, instalaciones, demostraciones tecnológicas, presentaciones de medialabs y de software, así como proyecciones de video-clips, cortometrajes, animaciones, documentales y cine experimental. Haciendo un balance, los conciertos que más me sorprendieron fueron los de la vertiente nipona. Esta bien quemar mente, grasa y zapatillas con las sesiones infernales de Jeff Mills, DJ Krush o Dave Clarke, catar con todos los sentidos la elegancia techno de Isolée, intentar quebrar el cuerpo con el scratching cuatrifónico de Birdy Nam Nam, intoxicarte con los espejismos vocales de Beatmaster G o Afra & Incredible Beatbox Band, o reírse un rato con los ritmos lúdico-hiphoperos de Tucker, la juguetería musical de Modified Toy Orchestra o la performance desafinada de Jake, para no hablar de las interesantes deconstrucciones latinas de Señor Coconut and his Orchestra y Dick el Demasiado.

Pero los japoneses definitivamente van más allá y te sorprenden con esa vanguardia ingénita capaz de producir experimentos mutantes no sólo de música sino de instrumentos. Ellos conocen como nadie el medio electrónico y producen sus propias herramientas de ciencia ficción. Salimos de los límites de la música y llegamos al arte sonoro, donde la música comparte protagonismo con otros aspectos como interactividad, aleatoriedad, interfaz, etc., desde la aparente simpleza de una batería como detonador de samples y fragmentos de vídeo (Doravideo) hasta instrumentos digitales de avanzada como el Tenori-On de Toshio Iwai, pasando por la artesanía robótico musical de Kanta Horio. Mención especial merece Datamatics, la espectacular performance audiovisual de Ryoji Ikeda, lo más sofisticado que he visto en cuanto a las posibilidades estéticas del matrimonio entre informática, grafismo y sonido; así como la brutal propuesta fotopunk de Optrum: un tubo fluorescente tocado como guitarra para dominar un torrente de distorsión, algo tan poderoso y futurista que parecía sacado del Neo-Tokio de Otomo. Al menos en lo musical, el manga ya esta aquí.



SUMMERCASE (14-15/07): CON EL HIT BAJO EL BRAZO
Si el Sonar apunta al cazador de nombres insospechados en las páginas de The Wire, el Summercase piensa en el modernillo lector de las últimas reseñas de Rock de Lux o cualquier revista de tendencias. Para ser el primer año, este hermano del Wintercase nació pesado. Puede que no haya abarrotado el metro como el Primavera Sound, pero golpeó fuerte con un cartel que apostaba a seguro. Con tantas atracciones como los otros, pero concentradas en dos días, el Summercase agudizó las encrucijadas, obligándonos a insanos traslapes como Daft Punk con Massive Attack, ¡o Happy Mondays con New Order y con Primal Scream! ¡Que también tenemos que ir a mear y comprar birras, tío! ¡Y con tantos tiempos muertos antes y después, en los que rebotábamos plácidamente entre alguna banda de temporada o algún acaparado DJ! Parece que el sadismo, como atizador de la adrenalina melómana, no falta en el recetario de los programadores.

Comencemos por lo no obvio. Ganas de ver moverse a Kate Jackson, la cantante de The Long Blondes, un grupo que con un puñado de hits, multiplicados por centenares de portadas, se coló entre las revelaciones del 2006. Lástima que su directo no fuera tan sexy, y aunque la banda estaba muy bien, a la cantante le hacen falta más recursos que unas cuantas poses de maniquí. No como Ragnar Kjartansson, vocalista de los islandeses Trabant, quien a fuerza de un erudito conocimiento de los lugares comunes del poserismo rock nos entregó un directo candente. Para calmar los ánimos, David Kilt saludó al crepúsculo con su folk de carretera que recordaba a Springsteen. Otra gran curiosidad eran The Boyfriends, presentados como la banda joven (yo diría sombra) favorita de Morrisey (lo que debe entenderse como la protectora actitud de un padre ante sus hijos más enclenques).

Los Dirty Pretty Things demostraron ser la rama pensante de lo que fue The Libertines, lo que tampoco quiere decir más que rock n’ roll vintage para modernitos. Canciones calcadas unas de otras, sin matices, puros ganchos roídos tocados apresuradamente, como si quisieran enmascarar con velocidad su ostentosa vacuidad. Anoréxica personalidad que fue compensada luego por Astrud y su pop rock pajarolo e insolente. Verdadero espíritu punk con víboras de pluma. Si no fueran locales no los hubiera dejado, pero en otro escenario comenzaba ex líder de Afghan Wings, Greg Dulli, al mando de Twilight Singers, quienes deleitaron con un rock oscuro y meditado. Otra buena sorpresa anunciada fueron Sparks, un dúo con amplia trayectoria que nunca había escuchado y que con su techno-rock chillón electrizaron a un respetable cada vez más ávido de adrenalina. Bell Orchestre fue otra de esas bandas cuya afiliación con Arcade Fire invitaba a escucharlos. Lo suyo es rock instrumental con bonitos arreglos y protagonizado por un violín desbocado. Un interesante y efectivo trasporte a cercanías.

Y ahora vienen los consagrados. Dejemos de lado a Super Furry Animals, Divine Comedy y Belle & Sebastian, que dieron conciertos notables eso sí, y concentrémonos en el triunvirato estelar. El concierto de Daft Punk fue mi favorito y uno de los más impresionantes que he visto. Una pirámide de luces que estallaba al son de una coctelera de riffs, loops, beats y vocoders. Estar en un concierto así dispara tu serotonina y todo se convierte en una marea de euforia masiva que tu memoria sólo podrá reconstruir fragmentariamente. Luego de eso, Massive Attack nos ofrecía un selecto y sombrío descanso para el cuerpo pero no para la mente, que ya estaba demasiado sobre estimulada como para no delirar con las resonancias de temas como Angel o Group Tour, además de los imprescindibles fraseos de Elizabeth Fraser, delante de un gigantesco telón de fondo de LED’s que acompañaban con dardos políticos —frases y cifras varias— la ondulante música. Para terminar, Primal Scream. Un concierto abarrotado, que vimos desde muy lejos por no abandonar a tiempo el baile con unos cumplidores New Order, pero igual nos salpicó esa sucia energía rollingstoniana desbordada a morir por Bobbie Gillespie y compañía, en la que al menos para mí fue la apoteosis perfecta del festival (aunque aún lamento haberme perdido a Dandy Warhols y Cut Copy).


FIB (20-23/07): UN VERANO ESCALOFRIANTE
El Festival Internacional de Benicassim es otro de los mega-acontecimientos musicales de la península. Desde 1995, una oleada de fibers inunda los supermercados, hoteles, restaurantes, cyber-cafés, playas, comercios y plazas de este pequeño pueblo del mediterráneo. El año pasado fueron 36 mil jóvenes venidos de todo el mundo (aproximadamente 40% ingleses) quienes lo llenaron de dinero y lo convirtieron en un mero anexo del festival.

La primera vez que fui me sentía como Hunter S. Thompson, cargando no en un coche pero sí en una mochila más de lo que podía necesitar (libreta, cámara, conservas, ron, hierba, condones, etc.). Vamos, como si me fuera al puto fin del mundo. Felizmente no fue así y al segundo año me perfeccioné de tal modo que una mañana terminé flotando la piscina vip.
Cosas así y mejores pueden pasar en esta babilonia maratónica de conciertos, fiesta, conciertos, ligoteo y más conciertos; en fin, toda una experiencia de meloaventura, para la que hay que prepararse como si se tratara de una expedición al fin de la noche. La mayoría de gente que conozco, o viene sólo una vez y dice nunca más, o se convierte en un incondicional peregrino. Y es que hay que se necesitan altas dosis de fanatismo, libido y protector solar para soportar un campamento a casi 40 grados, con baños portátiles que al segundo día son irrespirables y un abrasador periplo, de casi una hora ida y vuelta y sin sombra, para cargar provisiones. Pero además de la música, claro, la refrescante Costa de Azahar y el hermoso paisaje de pieles —especialmente en las duchas mixtas de campo de concentración— compensan la brutalidad del verano.

El protocolo es vagar. Muchos solo hacen eso. Otros, a partir de determinada banda. Y otros, cuando olvidan cual era la siguiente (y lo recuerdan bailando de camino entre dos barras). Luego de cada concierto, terminas sediento de todo y con la puerta del éxtasis abierto: solo queda recorrer la noche entre tribus de sandalias y vestidos cortos, todos hablando fuerte y sudados, con los oídos atorados de decibelios, una insolación trepidante y el talante resaqueado y feliz de varias fiestas salvajes. El protocolo es vagar. Luego del primer día, el cuerpo cansado no logra superar la noche anterior. La aventura y la alegría se acumulan pero la energía sólo mantiene su máximo hasta que la última estrella del escenario verde desconecta la guitarra. Después, todo es tentación y descenso. A menos que te hayas metido algo, el pitch de la noche desciende aunque suba el de los tocadiscos, cuando sólo quedan las carpas maquineras que aglomeran a los incansables y los jardines contaminados de cerveza y colillas donde se pierden las parejas y los damnificados de la juerga. En un lugar tan grande, hay todo tipo de noches. El protocolo es vagar.


Musicalmente, la revelación para mí fue zZz, un dúo de batería-voz y teclados que revisita el espíritu de Suicide pero en clave cachonda. Oscuros como el licor café y sexys como un corsé de cuero, los de Ámsterdam golpean con la fuerza de un animal en celo, como un oso sucio y hambriento que a fuerza de susurros cavernosos, un órgano psycobilly y una batería indomable nos transporta a los humeantes subsuelos del deseo. Yann Tiersen también me impresionó con una sesión de intenso post-rock que barrió definitivamente con los prejuicios que tenía sobre él (culpa de Amelie). Fue una tarde exquisita y bien programada, ya que siguieron Editors y I love you but I’ve chosen darkness, dos buenas bandas de revival dark ochentero. El día anterior había tocado The Organ, cinco delgadísimas y ambiguas canadienses que con una calculada impasibilidad también les prenden los lirios a The Smiths y Joy Division.

En cuanto a bandas españolas, a seguidle al rastro a los madrileños Líneas Albiés. Su electrorock freak recupera el hedor perdido de la no wave y nos demuestra que se puede ser divertido, sexy e irreverente a la hora de mezclar influencias. Sin muchas habilidades musicales pero exceso de personalidad, ofrecieron una performance trash y marciana que se agradeció entre tanto poserismo dentro y fuera del escenario. El post-free-jazz de 12Twelve también es uno de los hallazgos a destacar. Con el lado salvaje de John Zorn como detonador, estos catalanes saben muy bien como invocar un sonido poderoso y cabalgar sobre él. El pop enérgico y dulzón los Garzón (ahora llamados Grande-Marlaska) es otro de los referentes nacionales que destacó, si no por su originalidad, al menos por sus cuidadas melodías. Se agradecieron también los momentos íntimos y los raptos de distorsión, escuela Yo La Tengo, de The Secret Society.

Y ahora, los grandes, empezando por uno de los que me confieso fan. Segunda vez que puedo sumergirme en las mareas penitentes de guitarras, clamor y electrónica de Matt Elliott, cuyos conciertos suelen comenzar con baladas ebrias para ir poco a poco adentrándose ruido adentro en un hermoso caos lírico. Ojala algún día alguien filme una adaptación de Moby Dick o de alguna novela marina de Lowry con soundtrack suyo.


Ascendiendo a las estrellas, para mí los grandes raptos de este FIB fueron con Depeche Mode, Pixies y Echo & The Bunnymen. Los primeros electrizaron la última noche con un concierto capaz de ponerte la piel de gallina a golpe de hits y monumentalidad escénica. Gahan y compañía saben cómo amasar a miles de espectadores en un solo bloque de público adorador que canta y se emociona, a sabiendas de estar frente a uno de los más grandes. Además, no cualquiera puede decir que le cantó el happy birthday #45 a Martin Gore ¿o si?


Por otro lado, Pixies dieron una muestra del poder de sus canciones y lo frágil de las vallas de seguridad. En un concierto que no sonó tan salvaje como hubiéramos querido, revolvió la avalancha humana hasta tener que interrumpirlo por 20 largos e insustituibles minutos. Fue un concierto de éxitos tocados con sosegada precisión y sin locura, demasiado corto, demasiado real, y pese a todo demasiado excitante, al igual que el de Echo & The Bunnymen, quienes repasaron su carrera demostrando que gozan de una afortunada segunda juventud. Valía la pena alejarse de las apretadas primeras filas y bailar el concierto entero. Otros que no defraudaron y regalaron euforia con un repertorio bien maquillado fueron Franz Ferdinand y The Strokes. Y es que poco se puede hacer para no contagiarse con tantos ganchos guitarreros, tanto sex appeal y tantos cuerpos enardecidos que te hacen rebotar de un lado a otro.
Entre las decepciones están: 1) las que no lo son propiamente dichas, porque uno tiene algo de gusto y sabe que en los mejores escenarios siempre habrá bandas de relleno, como Futureheads, The Kooks, o The Rakes; 2) las ajenas, porque nunca fuimos fans pero teníamos buenas referencias de grupos como Placebo y Mojave 3; y 3) las personales, porque no podemos creer que un ícono trasnochado como Morrisey sea tan encantador, obeso y egoísta a la hora de elegir su repertorio.


En conclusión, incluso dejando de lado las actividades paralelas (cine, moda, arte, etc.) que nunca queda tiempo para ver, el FIB es una suculenta experiencia de camping hedónico-musical, una sobredosis de música, sol y bikinis que por más que pasen los años nos tentará repetir siempre.

PRIMAVERA CLUB (1-2/12): SALVADO POR CESÁREA
Otro festival nacido el año pasado, hermano menor del Primavera Club, pero que a diferencia del Summercase no nació con suerte. Un cartel con pocas atracciones (o para ser mas justos, sin abundancia de atracciones) sumado a un local inapropiado se tradujo en poco público. Lastima que mi acreditación no me permitió ver a Jacky-O-Motherfucker ni a Cat Power, pero dudo que el concierto de los primeros supere al que vi en el 2004 (entre no más de 20 afortunados) y por el segundo puedo esperar si prisa otra oportunidad. Lo que si me llamaba la atención era Autechre. Quizás fue el primer grupo de electrónica del que me volví fan y aunque ya los tenía un poco empolvados, me hacía mucha ilusión imaginarme como triturarían mis sentidos en vivo. Pero la realidad fue que, en directo, los de Sheffield sonaron como sonámbulos, sin energía ni sorpresa, drum n’ bass descalabrado que ni siquiera contó con visuales para echar algo de luz a estas almas perdidas en los oscuros algoritmos del MAX/ESP.

Como otra cara de la moneda, la mecánica simple, armoniosa y perfecta de ESG. La mejor y más sexy fórmula de ritmo que he escuchado. Las adoro. Dentro de esta moda de tocar enteras sus viejas obras maestras, Teenage Fanclub interpretaron el Bandwagonesque. Como era predecible, el resultado fue entrañable y casi excepcional. Bajando unos grados y poniéndonos al nivel de lo eficaz, bandas como The New Pornographers, Sparklehorse y They Might Be Giants entregaron rock de oficio, es decir, buenas composiciones, limpio sonido y una performance que no paralizó ninguna conversación.


The Rapture si me sorprendieron, porque los había visto unos meses antes en un directo más bien flojo y breve. Esta vez se redimieron y ofrecieron nada menos que el mejor concierto del festival. Descargas de energía y un repertorio efervescente dio como resultado un gratificante feedback de éxtasis entre la banda y el público. Les siguieron en intensidad los Art Brut y Cansei De Ser Sexy, celebradas nuevas bandas que además de vigorosas canciones tienen la suerte de contar con verdaderos show(wo)mans. A pocos cantantes he visto enloquecer sobre el escenario como a Eddie Argos, y ya se pueden imaginar el desparpajo punky que puede derrochar una adolescente brasileña, de rasgos orientales y cuerpo rollizo cuando se pone el seudónimo de Lovefoxxx.



Todo esto suena a quimera, pero la realidad es mejor. De hecho, esto es sólo el recuerdo comprimido de lo que en su momento fue amplificada felicidad. Sólo una hebra de lo que es todo un tapiz de historias y emociones, ya que como he dicho hay muchas bandas que se te escapan, así como otras que repites para bien o para mal. Ojala pronto pueda ver a Black Rebel Motorcycle Club, Black Heart Processión, Controller.Controller (posibles), Bowie o The Residents (soñados). ¡Y este año sobresalen (para comenzar): Patti Smith, Spiritualized, Barry Adamson, Buzzcocks, Fennesz & Mike Patton, Grizzly Bear, Dirty Three, The Durutti Column (en Primavera Sound), Iggy & the Stooges, !!!, Animal Collective y The Hives (en el FIB); Air, DJ Shadow, Jesús and Mary Chain, OMD y PJ Harvey (en Summercase)!

16.2.07

La trinidad del baile rosa



Ayer me gané unas entradas y pasé a ver a The Pinker Tones en el Apolo. Hace tiempo que no veía a unos Dj's tan eclécticos e intensos. Sobre una base rítmica techno se metamorfoseaban secuencias de funk, heavy metal, pop, y un sorprendente etcétera. Realmente la pasé bien con su frescura y bagaje musical. Y para probar esto del youtube, ahi va un vídeo.

9.7.06

Primavera Sound: Sábado




El último día de comenzó con una infructuosa búsqueda de alguna droga estimulante con la que combatir la predecible fatiga que me encontraría en la peregrinación festivalera. Podía seguir intentándolo, pero eso hubiera significado llegar tarde a las primeras citas infalibles del día:

19.30 pm. Shellac. Una de las cosas inexplicables de la programación de las salas (el año pasado pasó lo mismo con Echo & The Bunnymen) fue ver a un grupo punk como éste en el auditorio mientras una retahíla de practicantes de la vertiente más suave del rock-folk-country-pop (en sus versiones más puras o mezcladas) tocaba al aire libre ante un auditorio que hubiera hecho un mejor uso de las butacas que pararse sobre ellas. Steve Albini trató de paliar esto invitándonos a acercarnos al escenario, pero: 1) o es tan genial que nos usó para hacer más asordinado aún su sonido, o 2) no previó que así malograba lo mejor que nos podía ofrecer tan desafortunada locación. Más allá de esto, el concierto fue una brillante demostración de lo que se puede hacer con una estética tan minimalista: que una o unas pocas canciones suenen increíbles y que en un lapso mayor de tiempo todas las canciones se parezcan. No soy un seguidor acérrimo de ellos, pero su música siempre me ha parecido como enlatada, no en el sentido de masiva, obviamente, sino pensando más en los alimentos que se llevan los soldados, exploradores o astronautas: algo expresamente esencial y desabrido. Como contrapunto, eran una de las bandas que más he visto conversar con el público, invitándonos a hacerles preguntas y mostrándose relajados y abiertos. Situaciones así hacen que surjan preguntas desconcertantes (el propio Bob Weston dijo no haber escuchado nada igual), como que un espectador le pregunte a la banda si le gusta el público (¡plop!).



20.10. Televisión Personalities. Por segundo año consecutivo no tocó.

21.20. Lou Reed-Deerhoof. Esta momia del rock podría haber sido un buen candidato para el auditorio. Como me imaginaba, a la tercera canción una mezcla de aburrimiento, lástima y desprecio me hicieron movilizarme para ver a un grupo que al menos representaba un signo de interrogación.



Así pues, enrumbé hacia el escenario más prometedor del festival para ver a Deerhoof, una banda de rock experimental de San Francisco de la que alguna vez escuché algo (creo que el Reveille), pero que (ahora lo recuerdo) borré de inmediato del ipod ante la indigerible voz de Satomi Matsuzaki. Luego de No-Neck Blues Band o Animal Collective, estos me parecieron unos desquiciados sin inspiración, o al menos con una que yo conecte. Simplemente hacer hora para ir luego a Surfin’ Bichos, concierto que prometía buen pop y sobre todo una audiencia enamorada.



22.55. Surfin’ Bichos. Una de las reuniones más soñadas del indie español era obviamente punto álgido de curiosidad para un foráneo, que los había escuchado y sobre todo oído cantar a sus compañeros de piso. Lo que más me gusta de la banda, que por otra parte no ofrece otra cosa que un excelente rock melódico, son las letras de Fernando Alfaro, uno de los más grandes escritores del rock hispano. Poeta, narrador, músico y, para mayor mitificación, ex-heroinómano, Alfaro es una de las personalidades más interesantes a nivel de pathos creativo de lo que he escuchado en el rock de nuestra lengua. Con su toque surrealista y maldito, tiene esa capacidad intima y épica tanto de hablar a las vísceras del oyente solitario como de hacer cantar himnos a las multitudes. Y eso fue lo que pasó en el concierto, pura devoción rescatada doce años después al son de las potentes melodías y confesiones de ángel caído que caracterizan a la banda. Como un Leopoldo María Panero con guitarra eléctrica, exorcizando las voces que lo hacen caer en el fango, Alfaro recitaba versículos tocados por la locura y la culpa, y los fanáticos los coreaban como si presenciaran una verdadera resurrección. Estar en medio de tanto fervor y, aunque no sabía las letras, poder entenderlas, o al menos sentir tu idioma resonando en el aire con la mejor poesía y bajo una llovizna gentil, fue fabuloso. A bajarse sus discos, sus letras y, si pueden, conseguir un volumen de poemas y relatos que tentaba mucho en un stand de homenaje al que jamás regresé.



00.05. Violent Femmes. Tampoco conocía de ellos sino el Add It Up, una recopilación, y el histórico primer disco homónimo. El concierto ya había comenzado cuando llegué y, sinceramente, me sorprendió lo colosal que se escuchaban. Obviamente el tamaño del guitarra Brian Ritchie ayudaba, pero oyéndolos en vivo uno tiene una impresión muy diferente a la que dan los discos, como si su música fuera un genio que se libera de su botella fonográfica y respira huracanado, barriendo con vigor sonoro, y con la ayuda del público sacudido, la mortaja que Lou Reed echó en el escenario. Rock con toques de folk y bluegrass, de parte de unos tíos que parecían venir de una barbacoa con ganas de montarla a punta de frenéticas melodías que, tomándoselo con calma, salpicaban de sus dedos. No fue fácil despegarse para ir a ver a Stereolab.



01.10. Stereolab. Entre los grandes nombres que brillaban en el cartel estaba el de esta prolífica y seductora banda, de la que no soy ni seré experto, aunque si agradezco al cielo el haber visto moverse y cantar en vivo a Laetitia Sadier, una de las mujeres más sexys que se pueden encontrar sobre un escenario. Lastima que hayan competido con un grupo como Gang Gang Dance y que, dado su frío y calculado preciosismo, en realidad verlos en vivo y escucharlos en cd no tenga tanta diferencia (dejando fuera a la ondulante Laetitia, claro). O tal vez estaba empezando a sentirme cansado y necesitaba algo más estimulante, así que después de unas pocas canciones (brillantes en muchos sentidos), fui en busca de otra de las perlas de la escena experimental neoyorkina.



01.30. Gang Gang Dance. ¿Cómo entrar en un trance cuando ya se esta preso de otros como el cansancio, las horas de sobredosis musical, la post-pscicoactividad, las faldas cortas, la piel rosada y, otra vez, el cansancio? El túnel que nuestro pensamiento debería atravesar se rompe por los diversos diámetros de piezas que no engarzan unas con otras. Al menos este endeble estado mental es la explicación que encuentro para la impermeabilidad que mi cerebro registra en el registro de esas horas. Pero lo que sí se es que estos meses voy a estar escuchando mucho de lo que hacen y han hecho Animal Collective, Excepter, Black Dice, esta banda y otras más que espero descubrir dentro de esta categoría de médiums de ritmos primitivos tras una pátina psico-tropo-technológica, estos rastreadores de cadencias musicales casi a punto de borrarse en las cuevas sumergidas de la humanidad. Canciones para bailar inmóvil y cayendo. Canciones robadas de las que los demonios bailan en su tiempo de ácido relax.

02.15. Mogwai. Una de las bandas más esperadas del festival dio cátedra sobre lo que es la elegancia noise. Debo aceptar que los traslados de mi cuerpo de escenario a escenario ya empezaban a cobrar factura, y no faltaron alarmantes pestañeadas en los momentos más delicados del concierto, pero tenía que sobreponerme, era el la cima del festival y después ya me podría permitir cualquier tipo de derrumbe. Con shots de tequila y cigarrillos que me invitaban, trataba de esquivar esos charcos de ojos cerrados que se iban multiplicando en el transcurso del directo. Vestidos con cazadoras verdes, presumo de algún equipo de fútbol escocés, los de Glasgow expandieron sus redes de cuerdas post-rock tejiendo de deshaciendo texturas de excepcional belleza. Delicado y poderoso a la vez, su concierto fue una marea impecable de ruido y filigrana, demostrando la plena madurez de una de las bandas que han sabido, si no ampliar, al menos cubrir más extensamente la paleta hipnótica de las guitarras espaciales.



03.00. The Boredoms. Tal vez la mayor curiosidad del festival. La fama de caos y salvajismo que los precedía, aunada a la dosis de caos y salvajismo que precede a cualquier grupo japonés, colapsó ante lo que no parecía ser más que una banda de bateristas, brutales eso si, pero armoniosos. Buen cambio de densidad instrumental luego del concierto anterior. Lejos de cualquier amago de disonancia, la banda de Kyoto estaba más cerca al ritual vudú, pasado por un filtro kraut-rock, que al snuff sádico e hiperviolento exportado por John Zorn. Pero el público, como yo, distaba de sentirse tribalista y se conformaba con el espectáculo de estos ex demoledores de la estructura musical, ahora devenidos en una especie de Tortoise en peyote, mucho menos aleatorios de lo que su fama auguraba.