En lo que respecta a conciertos, comenzamos bien este año: The Field y Sunn O))) en enero, y la semana pasada un grupo que siempre desee ver: Glass Candy.
The More I Do es uno de los temas paradigmáticos del estilo de Axel Willner, que llamaría techno metaclimático, ya que juega con tensiones y resoluciones de pequeños loops que están en sí mismos extraídos de secciones típicamente extáticas de la música de baile. Verlo y bailarlo en vivo, con batería y bajo reales, es por eso una metagozada.
El directo de Glass Candy suena mucho más cañero de lo que su disco hace suponer; esta más cerca del electropop que del melancólico híbrido de Kraftwerk e Italo Disco que encontramos en sus grabaciones. En directo, Ida No deja algo que desear como cantante, pero tiene una presencia y energía que nos hace perdonarle todo (salvando distancias, me hizo recordar la a Els Pynoo, de Vive La Fête).
Lástima que tocaran tan poco. Espero que pronto el sello Italians Do It Better traiga a otro de mis favoritos: The Chromatics.
Uno de los descubrimientos que más me ha sorprendido escuchar estos días ha sido el firmado por el misterioso Ony Ayhun, seudónimo tras el que muchos adivinan nada menos que a Olof Bjorn, la mitad masculina de The Knife (que, a propósito, acaba de lanzar su anunciada ópera) , banda cuyo sonido carácterístico se deja divisar entre la marisma de beats fantasmales y melodías torcidas que forman este techno mutante. Quienes estéis en Berlin, no os perdáis su paso por el Berghain el 13 de Marzo. Quienes no, bajad este pack y zambullíos con cascos.
Rescato de los archivos un directo que grabé de Jardín, allá por el 2003. Mínimamente editado, podría decirse que en versión uncut o de un solo plano continuo, descubro que se deja ver bien, gracias al hipnótico viaje sonoro que desencadena el grupo, y en pequeña medida por mi cámara en trance. A volar.
El 2009 fue para mí uno de los años más exclusivamente melómanos. En paralelo a mis primeras composiciones musicales (y a la implementacion de mi pequeño estudio casero), mis lecturas han descarrilado exclusivamente hacia la música. En particular, me ha gustado mucho el mítico libro de Simon Reynolds, Generation Extasis. Su aproximación holística al fenómeno rave engloba musica, historia, arte, sociología e incluso algo de farmacopea, muy al estilo de los ensayos caleidoscópicos de Mario Vargas LLosa u Octavio Paz (mezclado con algo de periodismo gonzo). Puede sonar exagerado compararlo con estos gigantes, pero por lo menos diré que es el mejor libro que he leído en el año. Un excelente compañero de éste son las memorias de Laurent Garnier: Electroshock. Un armonioso contraste con la visión de fan/crítico de Reynolds, desde el lado protagónico del DJ que ha sido testigo de la evolución de la música electrónica de baile. No es que Garnier aporte algo a la cronología canónica que se puede encontrar sin muchas variantes en la bibliografía sobre el tema, más bien la sigue fielmente. El plus del asunto es que él estuvo allí. Y la forma en que describe su experiencia, como músico y amante de la música, es lo especial. No nos ilustra con datos nuevos, sino más bien nos emociona con su viviencia y crecimiento en el vórtice mismo de ellos.
Una de las mejores experiencias audiovisuales que recuerdo fue el prototipo de Datamatics en el Sonar 2006. Que este año haya vuelto en versión 2.0 y se presente en el ensoñador Teatre Grec bastó para querer volver a ver esa coreografía de datos: puntos, rayas, palabras, números, coordenadas, etc., extraídos de la bolsa, de una estadística, de un satélite, del mismísimo ADN, o de un simple microchip. Datos moviéndose en la pantalla al ritmo ultra preciso de la música de Ryoji Ikeda: una colección en sí misma de los ingredientes más puros de la música electrónica: clicks, glitches, drones, beats, ruido, filtros, reverberaciones y modelos de síntesis varias, combinándose en formas ambientales o technoides. Durante casi una hora el público se convirtió en voyeur cautivo de un espectacular código binario, asombroso como cabía esperar, aunque como todo lo que tiene una estética tan tecnológica y se confía a la velocidad, algo avejentado luego de tres años.
¿Y cual fue el plus que hizo de este set distinto de su antecesor? Una breve segunda parte, en la que el protagonista no sólo era el dinámico flujo de datos sino la obra misma, transformándose en un meta-datamatics.
Tal vez el problema fue que no estamos lo suficientemente avanzados para prescindir de lo humano y conformarnos con la alquimia de los bits; o tal vez el arte digital está aún más cerca de la ciencia que de la magia, y esperábamos algo más próximo a la iluminación de una demostración metódica que al fascinante engaño de una proyección en las sombras. Queríamos a Ryoji, queríamos azar, queríamos demostraciones en tiempo real. Porque si todo se resumiera en su diseño minimal o en sus renderizados 3D, no hay en ellos mucho de original; y si se trata de la virtuosa edición, poco podemos sorprendernos si ya hemos visto las sincronías cinematográficas de Walter Ruttman y su Berlín, sinfonía de una ciudad, compuesto más de ochenta años atrás.
Desde luego, me disculpo si en algún lugar la organización del Festival Grec advirtió que se trataba sólo de una proyección, pero ya de por sí me parece engañoso incluir este espectáculo en su programación de conciertos. Como ya sabemos, demasiados datos no garantizan buena información.
Techno rebelde de Ariel Kyrou es uno de los libros sobre música electrónica más estimulantes y mejor escritos que he leído. Sin apartarse demasiado de la cartografía histórica canónica sobre el género, este libro traza un tupido tamiz de referencias, mutaciones, accidentes, influencias, préstamos y apropiaciones que han dado forma a ese continente sonoro; hilado de manera no concluyente, dejando suficientes hebras sueltas para configurar un work in progress, pero con una firme perspectiva ideológica copyleft, gracias a la cual puede descargarse como pdf de manera gratuita (click en el título).
Más allá del copioso name dropping, la prosa de Kyrou nos invita a adentrarnos en el magma híbrido de ritmos y texturas que describe con apasionamiento, documentación y persuasivo gusto. Kyrou, más que un crítico, es un cronista de las sonoridades aventureras del siglo XX, las cuales ha recorrido con todos los sentidos y sobre todo mucha curiosidad crítica. En sus páginas nos recuerda, con una genealogía de surtidos ejemplos, que nada es original, que el arte es mezcla (su pureza es su contaminación) y que bailar es también una forma de rebelarse. No negaré que la sobreinformación tal vez pueda ser frustrante aún para el medianamente melómano, pero si se piensa que cada nombre desconocido es una generosa invitación y prestamos atención a lo más importante, que es la filosofía subyacente a su ilustrada audición, estoy seguro que el libro puede ser bien digerido por cualquier interesado.
Os dejo con una cita interesante de Uwe Schmidt:
Creo que deberían superarse esas estúpidas clasificaciones del tipo ‘música electrónica’. Ante todo, soy músico y no encuentro diferencias entre tocar música, editarla, arreglarla, etc. La denominación «electrónica» debe remitirse al proceso de creación y no a un género musical.
Vicios: leer, ver películas, escuchar música y escribir sobre todo ello. Estudié Ciencias de la Comunicación en Perú y Artes Digitales en Barcelona. He trabajado como periodista, asistente cultural, y programador actionscript. En 2001, publiqué un breve conjunto de relatos bajo el título Fragmentos del fuego. Luego filmé algunos vídeos y escrito algunas historias y poemas. Actualmente suelo colaborar con la web cultural Mau Mau Underground y con la de crítica cinematográfica Godard!, y soy miembro del colectivo internacional de artistas digitales MAD04. Web personal