24.1.07

Enganchado a Johnson


No se qué misterio guarda Denis Johnson. Será que de los tres libros que había leído, el primero. Jesus Son (1992), un fulminante conjunto de relatos entrecruzados, me dejó deseando algo más de su poética y austera violencia (¿un cóctel de Richard Ford y Jim Thompson?), cosa que no encontré en la decepcionante Already Dead (1998), que no pude acabar de leer, y escasamente en su celebrado debut Angels (1983). Pero aún así, ya no me arriesgué a comprar pero si busqué en las bibliotecas El nombre del mundo (2000), traducida y prologada por Fresán. Y al fin vi recompenzada mi curiosidad, no con el mundo delicuencial, peligroso y rápido de sus cuentos, sino más bien con una excelente novela sobre el infierno lento pero inclinado de un académico. Los anteriores libros que leí estaban poblados de losers y outlaws, en perpetuo tránsito; ahora la historia se traslada a una ciudad universitaria, donde el protagonista, que perdió mujer e hija hace cuatro años, asordina su dolor con cátedras y cenas profesorales. Claro que el libro trata de su cura, un desaprendizaje existencial del que Johnson, muy atinadamente, sólo nos indica las escalas pero no las trayectorias. Y las escalas son sus relaciones con algún profesor un poco transtornado, con un grupo de adolescentes en farra, algún exitoso jefe de alguna secta intelectual, y principalmente con la estudiante, striptisera, performer y pintora pelirroja que encierra el secreto de la seducción de una vida más libre y el deseo traslapado con la cercenada paternidad. Johnson se lo toma con calma y encausa el relato por caminos pausados pero erráticos, que van poco a poco haciendo derrapar la estabilidad del protagonista, culminando en una inconclusa escena erótica que es continuada por otra de vergonzosa violencia, y de ahí a la fuga o desvío vital hacia los terrenos adrenalínicos del periodismo de guerra. Aún no me parece tan genial como Fresán dice, pero sin duda intentaré conseguir Fiskadoro (1985).