4.12.08

Todo queda en familia


Desde la multipremiada La ciénaga (2001), su primer largo, Lucrecia Martel deslumbró con un estilo cuajado y en que ya estaba presente mucho de lo que descubriríamos como su mundo personal: historias elípticas, tensas pero vaporosas, encubiertas bajo el tejido muchas veces verborreico de las relaciones familiares. Y hablamos de familias grandes, de las que no se ven ahora, al menos en las ciudades, por lo que sus filmes transcurren en innombradas provincias argentinas, posiblemente Salta, donde nació la directora. Con una cámara desobediente, que huye del encuadre clásico, centrando esquinas y dejando significativos fuera de campo, Martel capta la cotidianeidad a punto de estallar de sus personajes: niños corriendo por doquier, adolescentes jugando de manera casi lasciva, camas donde todos conversan, piscinas como restos de otros esplendores y adultos confundidos que sin saber cómo logran contener el caos. En fin, un remolino centrífugo de relaciones familiares atizadas por la locura, que otros como Kusturica convierten en un carnaval, pero en cambio Martel registra con aplomo documental (género que también ha realizado), es decir sin dejarse llevar, huyendo del clímax con la distancia y la templanza de un dentista frente a una caries, aunque lo que le interesa no es informar o revelar algo, sino justamente lo contrario: sugerir, esquivar, rondar el secreto dejando un camino de migas incompleto, sin develarlo.

En eso me recuerda mucho los relatos de Onetti: siempre el dato oculto, que un complejo y agobiante andamiaje formal apenas siluetea; siempre la inocencia y la decadencia coexistiendo en un ambiente emponzoñado. La diferencia es que mientras en Onetti todo se va a la mierda, Martel sabe mantener la tensión con aparentes trivialidades que apiladas demarcan un límite, una barrera que al espectador no le es permitido cruzar y así todo queda en familia.

En La mujer rubia el detonante es un accidente en la carretera. La protagonista (espléndida María Onetto) atropella algo y entra en shock. El posible asesinato la deja en un limbo del que sale a flote sólo gracias a la inercia de las relaciones sociales y familiares. Aquí también la familia es origen del mal (siempre hay un pariente loco o echado a perder) y refugio salvador. Pero a diferencia de sus anteriores filmes, donde domina un barullo de voces multi generacionales, aquí el ensimismamiento (que Onetto articula magistralmente) es lo más denso y expresivo del filme. Visualmente también se tiende al minimalismo (ambientes a lo Edward Hopper), pero lo que se ve y lo que se dice, aunque es menos, sigue siendo sólo la punta del iceberg de un argumento esquivo, que a su vez se alimenta de otras raíces, ocultas en historias de familia apenas sugeridas. Un mundo fascinante, abierto, vivo, oscuro, profundo y cotidiano, al que Martel nos invita siguiendo el camino de sus imágenes pero reservándose en muchas partes el derecho de admisión.