10.6.08

Disfruta el silencio


Obra maestra. El director argentino Esteban Sapir ha logrado, en su segundo largometraje, un perfecto cóctel donde se equilibran la originalidad con el homenaje, la tradición con el experimentalismo, la simbología con el drama, lo lúdico con lo político; en fin, un delicatessen de cinefilia que se apropia de la paleta expresionista para contar, con sensibilidad naif, una fábula distópica.

Imaginad pues el futurismo arcaico de Metropolis de Fritz Lang, montado con la osadía y oído musical de Walter Ruttmann en Berlín: Sinfonía de una ciudad y recubierto por una atmósfera noir extraída del corazón de los Estudios Hammer. Agregad cierta truculencia infantil a la Tim Burton y el virtuosismo de efectos especiales con estética analógica de Michel Gondry. Reducid al mínimo el elemento vocal de todo lo anterior y ya (casi) lo tenéis. El hombre que fue capaz de realizar y dar vida a tamaño prodigio de legados no ha surgido de una revista de crítica, como Godard, ni de un videoclub, como Tarantino, si no (¡oh sorpresa!) de la publicidad y de la fotografía cinematográfica.

De lo último da sobradas muestras el manejo del blanco y negro. Más allá de una simple transposición cromática a la escala de grises, aquí encontramos un diseño integral de la imagen. De mano con la dirección de arte, el director ha preferido pintar antes que sólo manejar las luces, opción que potencia la autonomía de su mundo retrofuturista.

Por otro lado, su trabajo en la realización publicitaria se deja entrever en el detalle y aprovechamiento semántico del que dota a cada plano. Sapir es muy conciente de la economía de su lenguaje y carga cada encuadre con buenas ideas, ya sea compositivas o de carácter tipográfico.

Y es que La antena no sólo es una clase maestra de fotografía y de narración con imágenes. Hay un elemento más que la hace una sustanciosa celebración del cine mudo. Baste decir que el argumento va sobre una ciudad donde la gente ha perdido la voz. Lo único que le queda son las palabras, y no me refiero a ellas sólo como comunicación escrita, si no como entes lingüísticos que se materializan sobre el ecran cual subtítulos diegéticos (estamos al fin y al cabo en una realidad de celuloide) y son el botín último que animará el conflicto de esta historia. Sapir aprovecha ese material para darnos una lección de grafismo y anima el texto con una expresividad potente, al punto que no es exagerado considerarlo un personaje más.

Es cierto que La antena carga con una amplia lista de referencias y deudas cinematográficas, pero creo que lejos de menoscabar su originalidad, ésa es su riqueza. Por eso es absurdo enfrentarla a sus modelos o restringir su público cautivo a chavales que aun no descubren El Gabinete del Dr. Caligari. ¿Qué si la antena capta más de lo que emite? Sospecho que no, pero el tiempo lo dirá.

(Publicado originalmente en Mau Mau Underground)