18.7.06

Aderezos picantes



Luego de mucho tiempo deseándolo, pude leer Wasabi, novela que puso a Alan Pauls en el Olimpo de los escritores hispanoamericanos de hoy en día. De Pauls había leído antes El pasado, libro premiado por el Herralde cuyas maratónicas casi seiscientas páginas, sin o recuerdo mal, fueron uno de los últimos retos de lectura de larga distancia que me he permitido. Y no lo digo por la extensión en sí misma, sino porque creo que a partir del segundo tercio uno sigue leyendo con la esperanza insatisfecha de encontrar algo de la brillantez que se encuentra en la primera parte de su novela. Y es que Pauls es dueño de una de las mejores prosas en castellano, sin duda, pero también es víctima de ella, enredándose en elegancias y sofisticaciones que pueden entusiasmar al gramático pero hastían al lector prematuramente emocionado.
Con Wasabi, novela cuatro veces más breve, me pasó algo similar. Desde ya, me encontré con una prosa tan enmarañada y sugerente como la de mi anterior lectura. En un principio me esperaba algo más cercano a un descenso pesadillesco (como anunciaba la contraportada) que a una sátira lisérgica, pero ahora veo obvio que lo último le va mejor a un estilo virtuoso en frases largas y acrobacias barrocas. Hay genios que pueden hacer todo eso a la vez, como por ejemplo Onetti, a quien se ve a leguas Pauls tiene como maestro en su predilección más por las comas que por los puntos finales, pero no es éste el caso del escritor bonaerense. El aguzado oído y la facilidad para la narración ondulante de Pauls es remarcable, pero su propio estilo, que funciona a la perfección en comedias negras como la falsamente espeluznante Wasabi, lo hace fracasar en odiseas sentimentales como la de El pasado. No puedo evitar pensar en las contorciones faciales de Jim Carrey, cuyo limitado registro no daba trazas de cambiar hasta que aparecieron Man on the Moon y sobre todo la asombrosa Eternal Sunshine of a Spotless Mind. Esperemos que en su próxima obra a Pauls le alcance el talento para ampliar con mejor fortuna, es decir con más sensibilidad y menos (o igual) ironía, su registro.

11.7.06

Noches de cava y arte

Barcelona siempre tiene sorpresas. Uno va a la inauguración de una exposición con la idea de tomarse unas copas gratis y ver algo ultra cool que ronda con sus más elevados intereses fetichistas, y termina en unas series de esculturas-calzado que como máximo podrían adornar un sex-shop o una tienda de bromas. Otra semana pueden ser las inauguraciones simultáneas de dos destacados ilustradores nortemericanos, como Gary Baseman y Tim Biskup y regresar a casa con una deliciosa embriaguez marca Freixenet y Absolut, una entrevista escarpada con el (a mi juicio) más interesante de ambos artistas, dos revistas de tendencias y una recomendación cinéfila del actor porno Nacho Vidal. Todo gratis.
A propósito de ese último jueves, quisiera anotar algo sobre el arte de Baseman, artista consagrado de la ilustración (¡de esa élite que llega a ver plasmados sus dibujos en juguetes!) cuya ascendente carrera imposibilita contemplar su encasillamiento (“—Siempre estoy viendo adelante, haciendo cosas nuevas” —¿Cómo que? —Silencio nervioso”) a no ser que unas copas avanzada la noche le hagan reconocer lo contrario (“—Recién estoy comenzando. ¡Lo que quiero es dominar el mundo! —¿Qué dices? ¿Qué mundo? ¿El del arte, el de la política? —“Quiero tener todo el dinero y todas las chicas!”). Ya desde la primera pregunta me di cuenta de que Baseman no era un artista al que le guste discutir y darle vueltas a las cosas. Para el todo es claro y superfluo. Todo se piensa y se zanja con la misma diferencia de tiempo que separa sus autógrafos a los fans de sus onerosos cuadros: es decir casi nada. No quiero decir que no me guste su arte, suficientemente atractivo y personal para que me monte ideas sobre la inocencia vestida de sordidez (apuesta mas original que la manida fórmula contraria) o sobre la peculiaridad y atractivo de su universo, pero verlo hacer rápidamente en los cuadernos de sus admiradores dibujos que no tenían mucha distancia con las pinturas que vendía hasta casi cuatro mil euros me descorazona.

Lo mismo podría imaginarme una serie de clones del artista vestidos de verde pistacho, inaugurando muestras alrededor del mundo y dibujando autógrafos en páginas y pieles de bellas e igualmente ebrias adoratrices. A su lado, las pinturas de Biskup sonríen de manera ingenua: meros ejercicios que repasan la historia de las vanguardias bajo una pátina de estilo propio o juegan de saco con la ilustración más comercialmente subversiva e irónica. De pronto se me mezclan los recuerdos y lo asocio con el título de la porno de Vidal y concibo Baseman y sus esclavas. ¡Y entonces me doy cuenta de que en verdad quiere conquistar el mundo! ¡Baseman como el monstruo vestido de top-ilustrator que por un inexplicable designio Biskup dibuja! ¡Un virus se expande por Barcelona! ¡Si follas dentro de las seis horas posteriores a ver un dibujo de Baseman caes en sus redes y te conviertes en un modernito! ¡Y Nacho Vidal debe regresar al porno para liberarnos!

9.7.06

Primavera Sound: Sábado




El último día de comenzó con una infructuosa búsqueda de alguna droga estimulante con la que combatir la predecible fatiga que me encontraría en la peregrinación festivalera. Podía seguir intentándolo, pero eso hubiera significado llegar tarde a las primeras citas infalibles del día:

19.30 pm. Shellac. Una de las cosas inexplicables de la programación de las salas (el año pasado pasó lo mismo con Echo & The Bunnymen) fue ver a un grupo punk como éste en el auditorio mientras una retahíla de practicantes de la vertiente más suave del rock-folk-country-pop (en sus versiones más puras o mezcladas) tocaba al aire libre ante un auditorio que hubiera hecho un mejor uso de las butacas que pararse sobre ellas. Steve Albini trató de paliar esto invitándonos a acercarnos al escenario, pero: 1) o es tan genial que nos usó para hacer más asordinado aún su sonido, o 2) no previó que así malograba lo mejor que nos podía ofrecer tan desafortunada locación. Más allá de esto, el concierto fue una brillante demostración de lo que se puede hacer con una estética tan minimalista: que una o unas pocas canciones suenen increíbles y que en un lapso mayor de tiempo todas las canciones se parezcan. No soy un seguidor acérrimo de ellos, pero su música siempre me ha parecido como enlatada, no en el sentido de masiva, obviamente, sino pensando más en los alimentos que se llevan los soldados, exploradores o astronautas: algo expresamente esencial y desabrido. Como contrapunto, eran una de las bandas que más he visto conversar con el público, invitándonos a hacerles preguntas y mostrándose relajados y abiertos. Situaciones así hacen que surjan preguntas desconcertantes (el propio Bob Weston dijo no haber escuchado nada igual), como que un espectador le pregunte a la banda si le gusta el público (¡plop!).



20.10. Televisión Personalities. Por segundo año consecutivo no tocó.

21.20. Lou Reed-Deerhoof. Esta momia del rock podría haber sido un buen candidato para el auditorio. Como me imaginaba, a la tercera canción una mezcla de aburrimiento, lástima y desprecio me hicieron movilizarme para ver a un grupo que al menos representaba un signo de interrogación.



Así pues, enrumbé hacia el escenario más prometedor del festival para ver a Deerhoof, una banda de rock experimental de San Francisco de la que alguna vez escuché algo (creo que el Reveille), pero que (ahora lo recuerdo) borré de inmediato del ipod ante la indigerible voz de Satomi Matsuzaki. Luego de No-Neck Blues Band o Animal Collective, estos me parecieron unos desquiciados sin inspiración, o al menos con una que yo conecte. Simplemente hacer hora para ir luego a Surfin’ Bichos, concierto que prometía buen pop y sobre todo una audiencia enamorada.



22.55. Surfin’ Bichos. Una de las reuniones más soñadas del indie español era obviamente punto álgido de curiosidad para un foráneo, que los había escuchado y sobre todo oído cantar a sus compañeros de piso. Lo que más me gusta de la banda, que por otra parte no ofrece otra cosa que un excelente rock melódico, son las letras de Fernando Alfaro, uno de los más grandes escritores del rock hispano. Poeta, narrador, músico y, para mayor mitificación, ex-heroinómano, Alfaro es una de las personalidades más interesantes a nivel de pathos creativo de lo que he escuchado en el rock de nuestra lengua. Con su toque surrealista y maldito, tiene esa capacidad intima y épica tanto de hablar a las vísceras del oyente solitario como de hacer cantar himnos a las multitudes. Y eso fue lo que pasó en el concierto, pura devoción rescatada doce años después al son de las potentes melodías y confesiones de ángel caído que caracterizan a la banda. Como un Leopoldo María Panero con guitarra eléctrica, exorcizando las voces que lo hacen caer en el fango, Alfaro recitaba versículos tocados por la locura y la culpa, y los fanáticos los coreaban como si presenciaran una verdadera resurrección. Estar en medio de tanto fervor y, aunque no sabía las letras, poder entenderlas, o al menos sentir tu idioma resonando en el aire con la mejor poesía y bajo una llovizna gentil, fue fabuloso. A bajarse sus discos, sus letras y, si pueden, conseguir un volumen de poemas y relatos que tentaba mucho en un stand de homenaje al que jamás regresé.



00.05. Violent Femmes. Tampoco conocía de ellos sino el Add It Up, una recopilación, y el histórico primer disco homónimo. El concierto ya había comenzado cuando llegué y, sinceramente, me sorprendió lo colosal que se escuchaban. Obviamente el tamaño del guitarra Brian Ritchie ayudaba, pero oyéndolos en vivo uno tiene una impresión muy diferente a la que dan los discos, como si su música fuera un genio que se libera de su botella fonográfica y respira huracanado, barriendo con vigor sonoro, y con la ayuda del público sacudido, la mortaja que Lou Reed echó en el escenario. Rock con toques de folk y bluegrass, de parte de unos tíos que parecían venir de una barbacoa con ganas de montarla a punta de frenéticas melodías que, tomándoselo con calma, salpicaban de sus dedos. No fue fácil despegarse para ir a ver a Stereolab.



01.10. Stereolab. Entre los grandes nombres que brillaban en el cartel estaba el de esta prolífica y seductora banda, de la que no soy ni seré experto, aunque si agradezco al cielo el haber visto moverse y cantar en vivo a Laetitia Sadier, una de las mujeres más sexys que se pueden encontrar sobre un escenario. Lastima que hayan competido con un grupo como Gang Gang Dance y que, dado su frío y calculado preciosismo, en realidad verlos en vivo y escucharlos en cd no tenga tanta diferencia (dejando fuera a la ondulante Laetitia, claro). O tal vez estaba empezando a sentirme cansado y necesitaba algo más estimulante, así que después de unas pocas canciones (brillantes en muchos sentidos), fui en busca de otra de las perlas de la escena experimental neoyorkina.



01.30. Gang Gang Dance. ¿Cómo entrar en un trance cuando ya se esta preso de otros como el cansancio, las horas de sobredosis musical, la post-pscicoactividad, las faldas cortas, la piel rosada y, otra vez, el cansancio? El túnel que nuestro pensamiento debería atravesar se rompe por los diversos diámetros de piezas que no engarzan unas con otras. Al menos este endeble estado mental es la explicación que encuentro para la impermeabilidad que mi cerebro registra en el registro de esas horas. Pero lo que sí se es que estos meses voy a estar escuchando mucho de lo que hacen y han hecho Animal Collective, Excepter, Black Dice, esta banda y otras más que espero descubrir dentro de esta categoría de médiums de ritmos primitivos tras una pátina psico-tropo-technológica, estos rastreadores de cadencias musicales casi a punto de borrarse en las cuevas sumergidas de la humanidad. Canciones para bailar inmóvil y cayendo. Canciones robadas de las que los demonios bailan en su tiempo de ácido relax.

02.15. Mogwai. Una de las bandas más esperadas del festival dio cátedra sobre lo que es la elegancia noise. Debo aceptar que los traslados de mi cuerpo de escenario a escenario ya empezaban a cobrar factura, y no faltaron alarmantes pestañeadas en los momentos más delicados del concierto, pero tenía que sobreponerme, era el la cima del festival y después ya me podría permitir cualquier tipo de derrumbe. Con shots de tequila y cigarrillos que me invitaban, trataba de esquivar esos charcos de ojos cerrados que se iban multiplicando en el transcurso del directo. Vestidos con cazadoras verdes, presumo de algún equipo de fútbol escocés, los de Glasgow expandieron sus redes de cuerdas post-rock tejiendo de deshaciendo texturas de excepcional belleza. Delicado y poderoso a la vez, su concierto fue una marea impecable de ruido y filigrana, demostrando la plena madurez de una de las bandas que han sabido, si no ampliar, al menos cubrir más extensamente la paleta hipnótica de las guitarras espaciales.



03.00. The Boredoms. Tal vez la mayor curiosidad del festival. La fama de caos y salvajismo que los precedía, aunada a la dosis de caos y salvajismo que precede a cualquier grupo japonés, colapsó ante lo que no parecía ser más que una banda de bateristas, brutales eso si, pero armoniosos. Buen cambio de densidad instrumental luego del concierto anterior. Lejos de cualquier amago de disonancia, la banda de Kyoto estaba más cerca al ritual vudú, pasado por un filtro kraut-rock, que al snuff sádico e hiperviolento exportado por John Zorn. Pero el público, como yo, distaba de sentirse tribalista y se conformaba con el espectáculo de estos ex demoledores de la estructura musical, ahora devenidos en una especie de Tortoise en peyote, mucho menos aleatorios de lo que su fama auguraba.

8.7.06

Primavera Sound: Viernes

Suerte de pasar un par de latas de cerveza y de encontrarme media botella de vino.
Suerte de tener un ácido en el bolsillo.
Suerte de no entrar a escuchar a La Buena Vida por exceso de cola y anticuerpos.
Suerte de encontrarme a Wayne Coyne caminando y que me autografíe el rostro impreso de Lou Reed.
Suerte de que Bea tuviera barra libre por pinchar vídeos. Suerte... etc., etc., etc.


19:10. Yeah Yeah Yeahs: Por más admiración que me cause, ya tenía claro que Mick Harvey iba a ser sacrificado por la atracción eroto-vocal que siempre me ha producido la actual novia de Spike Jonze. Y no me arrepiento. Ver a Karen O (ese híbrido de los dotes sexuales de Lydia Lunch y vocales de Siouxsie Sioux) rugir como una bruja endemoniada y moverse como una puta algo colocada modelando sobre el escenario, y ver además a Nicolas Zinder tocando la guitarra con la cólera gótica de un enfant terrible —tal vez tratando de trasladarse en el tiempo y en las bandas a un primer The Cure—, pintaba mucho mejor que intoxicarme de melancolía y acabarme la petaca demasiado temprano con las otoñales melodías del insigne Bad Seed (aunque espero verlo en otra oportunidad).

21.20. Killing Joke: Nunca los escuché mucho, y la verdad luego de su presentación me limitaré a respetarlos como una banda de hallazgos seminales en los primeros ochentas —en el limite entre el new wave y del heavy metal— pero con poco que decir ahora que el juego de espejos se extiende por mas de dos décadas y su sonido ha derivado en la vertiente menos inspirada de la segunda generación de sus propias influencias. Paso completamente de ver de nuevo las lamentables poses de Jaz Coleman: un loco salido del asilo que se cree Ozzy, con intenciones fantasmales pero que sólo nos asusta con sus saltitos y pasitos sin ritmo. A bailar Love Like Blood y punto.



00.00. ESG. Menos mal que ya había visto a Dinosaur Jr. y no me lo pensé demasiado para ir a ver a la vertiente más rítmica del no wave. No las conocía mucho, la verdad, pero uno de los mejores momentos del festival fue sin duda el ver y escuchar a las hermanas Scroggins, sus hijas y el rap latin post punk, sexy y cadencioso, que nos hizo bailar con una lección de ritmo y minimalismo al que le debe aún mucho el hip hop y el trip hop y cualquier género que se alimente de vocales acariciantes y ritmos explosivamente voluptuosos. Solamente ver moverse a Chistelle, hija de alguna de ellas, ya emocionaba. Su exuberante sensualidad, el canto felino y las tres notas aprendidas en una guitarra que a todas luces tocaba cuidando la manicura, fueron suficientes para rendirnos y pedir más. A ver a estas mininas dondequiera toquen!!!



01.05. Sleater-Kinney. Siguiendo con las bandas femeninas, al terminar el show fui rápido a ver a este trío de riot grrrl’s, recientemente separadas, que prometió y cumplió. Cosa seria: indie rock con las cuerdas afiladas, políticamente comprometidas e instrumentalmente intensas y cerebrales. El concierto fue una buena oportunidad para dejar que bajen las pulsaciones y recibir un poco de la distorsión y melodía que el día anterior nos había dado Yo La Tengo y al siguiente nos daría Mogwai. Una lástima que a menos de un mes se hayan separado, cuando todo auguraba un revival. Buena recomendación para universitarias que no hayan sido contaminadas incurablemente por la trova.



02.15. The Flaming Lips. Sin duda el espectáculo del festival. Antiguos y nuevos fans gozamos de la explosión circense que lideraba un Wayne Coyne peligrosamente cerca del megalomaniaco Bono. Con una banda chicas astronautas y papa noeles a cada flanco, Coyne se desenvolvía como todo un anfitrión en el show surrealista que tenía preparado, lleno de luces irisdiscentes, fuegos artificiales, disfraces inesperados, guantes gigantescos y guapas guiris deslizándose sobre las manos alzadas del publico, que gritó y saltó coreando como no vi repetirse en ningún otro concierto de lengua inglesa. Euforia ácida con Fight Test y clamor sordo con la reciente The Yeah Yeah Yeah Song (curiosamente Coyne fue un espectador escondido en el concierto de la casi homónima banda neoyorkina), entre otros temas de su ultimísima etapa, siempre de la mano de unos visuales impecables, se convirtieron en el inmejorable clímax del viernes. No puedo dejar de pensar, sin embargo, en cómo serían con menos teatro y más energía musical.



03.00. Animal Collective. No podía haber mejor destino para el viaje de los labios flameantes que esta banda que hizo un tour por su universo melódico completamente alienígena. Y es que al escucharlos era como leer poesía: en lugar de movernos con ritmos que nuestro cuerpo reconoce y ante los que reacciona, teníamos que identificar primero cuál era esa cadencia escondida en el caos de sonidos, ese hilo conductor de pura magia y locura, difícil de reconocer pero perceptible y responsable de ese tenue sentido de unidad de las centrífugas canciones. Escarbar y escuchar las repeticiones mutantes era un trabajo detectivesco y fascinante, un film noir experimental ambientado en la granja siniestra del inconsciente, en el que el investigador encuentra maravillado su propia perdición. Extraviados en el la hipnótica niebla musical que emanaba del escenario, uno podía aceptar el fin de la segunda noche y regresar medio zombie a casa, o perderse poseído en las pistas de baile (a esa hora pinchaba Alexander Kowalski), pero de cualquier modo era dueño de la satisfacción infalible de haber recibido lo mejor al final.

10.6.06

Fantasmas de porcelana


Hago un paréntesis para comentar un libro que traje de Lima y acabo de leer: El picadero, de Adolfo Couve. Últimamente Chile ha estado mucho en mi mente, así que decidí seguir una vez más el cabo circunstancial que dirige mi consumo cultural y cogí el pequeño volumen. No recuerdo bien cómo llegué a él, pero adivino que fue por la conjunción de un viaje de mi padre al país del sur y por mi

búsqueda de joyas latinoamericanas escondidas. Y la narrativa de Couve así lo es, perteneciente a una pequeña e inexacta isla de narradores-poetas o formalistas introspectivos que escapan al paradigma del realismo social, junto a Maria Luisa Bombal y, por lo que he averiguado, a otros como María Carolina Geel o Erich Rosenrauch. El picadero es una novela breve sin hilo conductor, compuesta por capítulos independientes que se centran en cada uno de los personajes, bajo el trillado marco de una decadente clase alta. Puede estar lejos de ser una obra lograda, pero no por eso deja de ser interesante, sobre todo por la precisa y sugerente (diria incluso Schwobiana) prosa de Couve. Con un tono melancólico y reflexivo, propio de un escritor comprometido con la nostalgia, Couve retrata delicadamente —valga la mención que fue también pintor y profesor de Bellas Artes (el cuadro arriba, Balneario, es suyo)— las quebrantadas vidas de sus acomodados protagonistas, todos marcados por el corsé de su existencia palaciega y el rumor cercano del lado salvaje. Cada personaje principal, Angelino, su madre Blanca Diana y su esposo Souza, tienen un doble prohibido, amado —el amigo enamorado, la hermana perdida, él mismo en su doble vida—, que vive los limites por ellos y cuando se destruye hace los mismo con sus vidas de porcelana. Todos están escindidos fatal y crepuscularmente y lo que queda de ellos es una bruma pálida y polvorienta que la prosa de Couve dibuja magistralmente. Si bien su prosa es contenida, apacible, preciosista en algunos momentos y en otros recatada y analítica, guiada más por el gesto poético que por la psicología o sociología; más cerca del croquis que del detalle.
Para ahondar un poco más en este interesante outsider de la literatura chilena (a cuyo psicoanalista mi amiga chilena coincidentemente conocía) recomiendo el artículo de César Aira. Y los dejo con dos frases de esta extraña y modesta nouvelle:

"Cuando una relación va a ser duradera, el encuentro toma los visos de una fatalidad y uno no se resiste porque sabe que a esa persona la ha conocido en el futuro."


Si mis labios hicieron justicia a tanto desvelo e imprimieron en los suyos un beso, fue solo en sueños. Sueño dentro de un sueño, hijo dentro de otro ajeno, viejo amor dentro de uno nuevo.”

8.6.06

Primavera Sound: Jueves

Después del tour de force de peregrinaje melómano a lo largo y ancho del Forum; después de días que la música te empujó a los extremos de la euforia y de la fatiga, empujando hombros y surcando multitudes en camino hacia el escenario; después de un fin de semana donde tu única preocupación era hacerte un bocadillo, esconder bien alguna lata de cerveza o la siempre salvadora petaca, descargar fotos y vídeos, y trazar una ruta mental en el menú de conciertos; después de una siete jornadas en las que el Primavera extendió sus alas trayendo nombres nuevos y conocidos, vistos y no vistos, esperados, sorprendentes, insulsos; después de una de las citas musicales más paradisíacas y mágicas del año, irrenunciable ahora y en muchos años por venir; después de todo eso, aunque parezca mentira, es decidirse a escribir. ¿Qué debo contar? ¿Se puede describir lo que sentí, vi y oí en cada concierto? ¿O al menos en algunos? Y si es así, ¿cuáles? ¿Y vale la pena hacerlo? Bueno, ya veré que pondré, como siempre, por lo pronto comenzaré con el primer día, ese aperitivo que este año fue mucho más apetitoso que el pasado.


La catárquica presentación de los australianos The Drones fue una excelente forma de comenzar el festival. Una bajista alta, guapa y con cara de mala —Fiona Kitchin— era un buen incentivo para ponerse delante, pero su impávida actitud la oscurecía ante la energía del líder de la banda, el guitarrista y cantante Gareth Liddiard. Si bien la música no salía mucho de los moldes del garage sónico, la interpretación de Liddiard le da un toque inconfundible a la banda, con un desgarramiento palpitante, un fraseo visceral que lo asemeja a las arremetidas guturales de un temprano Nick Cave. Imprescindible bajarse sus dos discos y aguardar por el pronto lanzamiento del tercero.
Otro concierto memorable fue el de No-Neck Blues Band, banda de culto neoyorquina cuya comparación con The Residents por el anonimato riguroso de sus miembros y el eclecticismo experimental de su música me hizo preferirlos a los también atractivos Castanets y Meu. Sus conciertos —suelen preferir las calles y los parques a cobrar en un club—, son también remarcables. A diferencia de The Drones, que es exorcismo personal, esto es chamanismo psicodélico. Un acto en el que el intercambio y uso insólito de instrumentos, así como el uso de instrumentos insólitos (llámense bolsas de basura) me trasportó sin drogas ni nada a una atmósfera hechicera, como nunca había vivido desde que vi a los Jacky-O-Motherfucker. Música de trance, con toques de noise, free jazz, folk bizarro, música incidental, etc., que llenó el escenario Danzka CD Drome —de lejos el espacio más interesante en cuanto a riesgos y descubrimientos del festival— de sonidos que eran ingredientes cayendo a la pócima alucinógena que se preparaba en tu cerebro.
No soy fan de Motörhead, pero luego de este concierto me pasé a chequear cómo iban Lemmy y compañía. Verlos en tan buena forma y con un sonido tan aplastante, potente, compacto, y no tan mecánico como uno podía esperar, fue un placer, en especial cuando estabas rodeado de viejos y jóvenes metaleros/as, todos con las camisetas de la calavera humeante, las botas en punta y las cazadoras vaqueras llenas de parches.


Pese a tan buenos predecesores, nada me había podido hecho imaginar lo que sería el concierto de Yo La Tengo, sobre todo considerando su decepcionante presentación el año pasado en Benicassim. A diferencia del recital introspectivo y delicado de esa ocasión, el concierto de ayer fue brutal y orgásmico. Me he vuelto a enamorar de este grupo. Y no me cabe duda que Ira Kaplan es el mejor guitarrista sónico vivo. Ese día nos hizo pasar, hit tras hit, por retorcidas cumbres de distorsión lírica, solos que se extendían con una intensidad explosiva hasta desaparecer y regresar son más a un arpegio delicado. No puedo describir lo que es ver cómo se desata esa pasión por las texturas más escarpadas de la guitarra eléctrica, ese toque flamígero de cuerdas que va fluctuando entre truenos y chillidos, llenando tu cerebro hasta que tú también sientes que vas a estallar de una alegría fascinada. Porque pese a todo el salvajismo desplegado, Yo La Tengo es un grupo luminoso, no destructor y oscuro como Sonic Youth, sino efervescente, solar, y en sus mejores momentos, como ése, extático.


Mención deshonrosa merecen los infames Baby Shambles, con la estrella de tabloides Peter Doherty a la cabeza. Rock de molde barato que sólo puede convencer a descerebrados y desorejados. A su lado I’m from Barcelona podía resultar tragable, de no ser porque su presentación parecía un anuncio de Telefónica, con un pelotón de freakies saltando felices y coloridos en el escenario sin aparente justificación musical, ya que se escuchaban como cualquier cuarteto pop, muy lejos del sonido coral de los Polyphonic Spree. Para colmo de males, tocaron dos veces su vomitivo hit homónimo.

1.6.06

Dark Country Rocks!



En el medio de las anodinas presentaciones de Skimo y Jody Wildgoose, el concierto de Elliott Brood de ayer brilló no sólo por el intenso country que los caracteriza, sino por el inesperado buen humor, sencillez y complicidad con el público del trío canadiense. La verdad, a partir de su disco Ambassador —que dice la leyenda fue grabado en un matadero— yo me esperaba a tipos más graves y siniestros, una suerte de heraldos de la muerte que usaban el banjo como guadaña. Lejos de eso, se mostraron como unos chicos alegres y buena onda, contentos de estar tocando en un pequeño club de Barcelona ante una audiencia igual de agradecida. El ambiente ganó intimidad rápidamente, no faltaron las palmas y los aullidos al son de las cuerdas rítmicas de un eufórico Casey LaForet o de los gritos extáticos de Mark Sasso, quien se hacia cargo como podía de la imagen oscura del grupo contrapesando el entusiasmo de su compañero con un poco de seriedad, luto y el insigne banjo (que por otro nada tenía de pintoresco como instrumento frente a la valija que Steve Pitkin usaba como bombo). Más apolíneos, en definitiva, de lo esperado, durante alrededor de una hora los Elliott Brood iluminaron la noche con sus autodenominado death country, es decir con canciones que nos transportan a los paisajes sepias del western, con muchos cráneos de buey, sombras de buitres sobre la arena del desierto, noches de hogueras solitarias, pueblos fantasmas y cementerios en bonanza. Antes y después de su presentación los podías ver tomándose una cerveza entre el público. Gracias a eso pude pedirles su email, y ya estoy esperando que acabe este loco fin de semana para prepararles una buena entrevista.



Esta noche tengo mucha curiosidad por ver a los No-Neck Blues Band y a The Drones, además claro de repetir (¡vaya lujo!) a Yo La Tengo. No se sorprendan de que no vuelva a escribir nada hasta la próxima semana, que comienza ya el tren exclusivo de conciertos, sueño y alimentación.

31.5.06

Primavera Sound II


Es extraño como cada persona (y cada cultura, si vamos al caso) mide el tiempo con una o varias marcas distintas, y sin duda debe de haber muchos como yo que lo hacen de acuerdo a los festivales. Creo que el primero que me reveló el paso del tiempo repitiéndose fue el BAFF, pero como no lo viví del todo el año pasado y no estuve aquí cuando tuvo lugar este año, ha sido el Primavera Sound el que me ha traído el beat de las estaciones. Ya hace un año que asistí al primer festival de música de mi vida y más tiempo aún de que mi vida dio un vuelco y se transplantó a las orillas del Mediterráneo. Hace un año que cumplí uno de los primeros sueños que traía en la maleta, ver a Iggy Pop (con el añadido de los Stooges), además de rendirme al directo inesperado de Gang of Four.
Este año no hay tantos nombres estelares como el pasado, pero no por eso el cartel ha bajado en calidad. Elliott Brood, Motorhead, Yo La Tengo, No-Neck Blues Band, Yeah Yeah Yeahs, Killing Yoke, Dinosaur Jr., Flaming Lips, Mick Harvey, ESG, Animal Collective, Mogwai, Lou Reed, Big Star, Shellac, Stereolab, etc., son algunos de los nombres que me llaman más la atención. Quizás no lleguen al nivel de fanatismo que Sonic Youth, Mercury Rev o Echo & The Bunnymen (o tal vez si, y es que un año de conciertos mas o menos intensivos ha reducido mi entusiasmo de recién llegado), pero igual dan una razón más para alegrarse de tener un evento así “en casa”.
Una de las grandes mejoras del Primavera de este año ha sido sin duda los tres días de conciertos previos que comenzaron el lunes, llenando maravillosamente toda una semana de conciertos. Es cierto que pudieron haberlos programado en la sala Apolo y no en La [2], que puede ser muy chic como discoteca pero es infame para rock en directo. Los primeros en sufrir esta miniaturización de su sonido fueron The Bellrays, cuyo fuerte sonido hard soul reclamaba (además del insoportable calor) un espacio más abierto. Fue una verdadera sorpresa descubrir un día antes a esta banda californiana, que me recordó mucho a unos Dictators, pero suplantando el feeling rockanrollero de Handsome Dick Manitoba por el soul de Lisa Kekaula (ambos estuvieron juntos, coincidentemente, en el tour reunión de MC5). Además del sonido vintage setentero, las pintas de los músicos también remiten a íconos del mundo del rock: imaginen la pinta del bajista y mente de la banda, Bob Venuum, y del guitarra, Tony Fate, como dos creciditos Garth y Wayne, la pareja de freakies de la película protagonizada Mike Myers. En general un directo emocionante y cañero, que me hubiera gustado disfrutar (y bailar) en alguno de los escenarios abiertos del Forum.
Ayer fue el turno de Anneleis Monseré (a quien no vi), Troy Von Balthazar y Experience, todos nuevos para mí. El que más me gusto definitivamente fue el segundo, otro freak que con solo una guitarra, un sintetizador cutre y una pedalera hace un indie rock que si lo escuchas distraído puede parecerte bonito y honesto, pero que en verdad (y más obviamente en directo) no hace más que parodiar esas cualidades, valoradas hasta el asco en ese seudo género. El personaje de TVB (imposible desligar de su actuación el elemento performance) es un nerd de camisa y corbata que se ríe de sus propios chistes, no tiene amigos (ni nadie que quiera tocar con él), y tiene la mala suerte de cantar gesticulando como Joe Cocker. Pero en contrapeso tiene una voz potente y versátil, una buena escuela musical que une el lo-fi del primer Beck con el noise de Sonic Youth, y unas letras inteligentes que no dicen nada especial. Lastima que cuando se emocione le de por hacer piruetas descalabradas.
Luego de él, la seriedad y profesionalismo de los galos Experience quedó soso. Nadie duda de su potente sonido, de sus melodías enérgicas y por momentos hasta experimentales, ni de la buena fe social de sus versos rapeados, pero todo eso palidece luego de la simpática frescura de TVB, alguien que se atreve a cantar una canción que aún no se sabe bien.
Esta noche toca Elliott Brood, un grupo al que si había escuchado antes y que es uno de mis más gratos descubrimientos de los últimos meses. Esta noche, para mi, comienza de verdad Primavera Sound.

17.5.06

Producto peruano


Confieso que poca fe tenía ya en el cine peruano, hasta que una amiga de la universidad, con la que coincidí en el avión a Lima, me dijo que Madeinusa, la película de nuestra compañera de universidad Claudia Llosa, había recibido buenas críticas en El País, cosa según su criterio muy inusual. Eso, aunado a la nostalgia originaria con la que me preparé emocionalmente para regresar a Lima, me decidió a verla apenas tenga oportunidad. En Lima compre algunos dvd’s piratas: Paloma de papel, La boca del lobo e Imposible amor. No he visto ninguna aún pero sí fui a ver en el cine Chicha tu madre, que me agradó mucho por su espíritu picaresco y su final abierto, además de que mi ciudad materna queda por fin retratada en el cine como ya lo han sido las grandes ciudades.
El primer largo de Llosa no se queda atrás. Es cierto que su retrato de la vida andina tiene mucho de postal, pero si consideramos la situación del cine en el Perú esa limitación puede revertirse y valorarse como un correcto manejo de la luz y el encuadre, o yendo más lejos aún en una bien tomada apuesta por el rebosante colorido de la puesta en escena, que para un espectador extranjero resulta inevitablemente seductor. También es cierto que el guión no es muy rico en diálogos ni dibuja con mayor detalle a los personajes, pero acierta en el uso del quechua y sobretodo en el sutil humor que es lo más logrado de la película. Más allá de eso, queda alabar el buen ritmo del relato, bucólicamente pausado pero lleno de detalles (las ratas muertas, el hombre-reloj, etc.); de la banda sonora, que aunque bordea no cae en el riesgo de la sensiblería fácil (nota curiosa: la reminiscencia automática de Kusturica que me producían las escenas de la fiesta acompañadas de la música de la banda, filtrando claro la euforia real-maravillosa del yugoslavo); y del propio argumento, cuyos rumbos en apariencia predecibles resultan ser tan engañosos como la mente de la protagonista. Palmas sonrientes para el final.
Me pregunto qué pensaría el terrorífico candidato presidencial, Ollanta Humala, si por casualidad fuera al cine y viera este filme, que claramente revierte el estereotipo de la superior astucia del criollo sobre el serranito. Posiblemente su fascismo andino lo llevaría contradictoriamente a tentar a la ojiazul directora a algún alto cargo de Conacine, lo que por otro lado no estaría del todo mal.

13.3.06

Últimos visionados:



*La filmografía completa de Lázló Moholy-Nagy, en mi festival de audiovisual favorito: el Xcentric. Me gustaron mucho más los primeros experimentos, aquellos que realizó entre 1929 y 1932, documentos fragmentados de la ciudad viva, sea Marseille o Berlín. Para estos ejercicios de montaje plástico, Moholy-Nagy encontraba más estimulante retratar los paisajes deprimidos de la ciudad, sea un viejo puerto francés o los barrios obreros alemanes de la postguerra. Su extremo formalismo no iba negado con un compromiso social, la vanguardia cotidiana como espejo de las nuevas fuerzas urbanas en ese límite vivo donde la construcción y la destrucción se mezclan.
De los cuatro cortos de ese período hay uno que rompe con esta concepción, entregándose al formalismo puro, a la textura y el resplandor del acero que se curva y acopla dando forma a una máquina abstracta, a un artefacto de cinetismo decorativo. La dinámica de este dispositivo es el único tema del relato,y adelanta con igual virtuosismo la misma fascinación por la maquina de Chris Cunningham.

*Los súper estéticos vídeos de Yuki Kawamura, en el Niu Audiovisual Media Art. Delicadeza hiper producida, animación chill-out, abstracción formal de las figuras, imágenes híbridas que combinan material proveniente de una cámara o de un software. Un caso más de maestría visual japonesa, que si bien es cierto tiende descaradamente a la perfección, tampoco muestra nada especial que escape del estilo en boga del diseño.

*Esplendor en la hierba, de Elia Kazan. Confieso que no pude evitar deprimirme ante la fuerza de este amargo drama generacional. Las hormonas y los ideales juveniles como mártires condenados por el absurdo social. Me impresionó sobre todo la fuerte carga sexual, que sin mostrar nada más allá de la espalda desnuda de Natalie Wood, deja una huella mucho más profunda que la de todos los bajos instintos cinemeros de nuestros días.

*Palíndromos, de Todd Solondz. Tal vez la menos acabada de las películas que he visto de este ácido director norteamericano, pero interesante por su estructura episódica, en la que la protagonista muda de actrices sin aparente sentido. Demencia gringa que funde la inocencia infantil, fanatismo religioso, amor dictatorial de la familia, freaks, abortos, crimen y pedofilia. Quizás es el mejor de los escasos discípulos de John Waters.

Estoy leyendo Y amanece la muerte, de Jim Crace. A pesar del bello título, el original, Being Dead, se ajusta mejor a este notable ejercicio de descripción de la violencia y descomposición que rodea la hora suprema. Con un estilo frío y preciso, Crace relata caleidoscópicamente todas las circunstancias que rodean el brutal asesinato una pareja de viejos zoólogos. Estos pasajes, como variaciones a distintos niveles de una escena (hasta ahora lo mejor del libro), se intercalan con los capítulos que describen con igual objetividad la vida de la pareja, lejos del romanticismo o de la sordidez, y más bien empeñada en anotar neutralmente los detalles más terrenales de una relación.
Los dejo con la frases más bella que he encontrado hasta ahora:

Sólo los que vislumbran el terrible e interminable corredor de la muerte, algo demasiado tremendo para contemplarlo, necesitan perderse en el amor al arte.

3.3.06

Los aristokupas


Hace mucho quería conocer una de las casas okupa más famosas de Barcelona: El Bloque Fantasma. Ubicada en los pies del Parc Guell, en una zona donde las okupaciones abundan como mala hierba, esta casa, habitada al parecer por unas veinte personas, tiene como 15 años resistiendo tras de rejas, alambres de púas, puertas de metal y tranqueras que decoran su exterior e interior, listas para cerrarse ante cualquier intento de desalojo.
La ocasión me la dio un concierto de noise que iba a realizarse allí, a cargo de un ingeniero de sonido punk conocido como Man Manly. No me acercaba a esa zona desde que el Bucco y yo fuimos allí de paseo, allá a finales del 2004, y no pudimos dejar de admirar una de las muchas casas okupadas (ahora mismo no estoy seguro si se trataba de los mismos Bloques). Digo admirar porque debe haber sido la primera que vi en mi vida, cuando aún no tenía idea sobre de qué iba esa movida ni mucho menos me imaginaba que un ángel militante de ese mundo se convertiría en mi futura ex-esposa (no es cinismo pero si otra historia). El caso es que luego subir de muchas escaleras, eléctricas y de piedra, llegamos al lugar, una fortaleza de 3 o 4 pisos en cuya planta baja habían implementado un bar donde organizaban sus movidas (en este caso el concierto). Además, gracias a David, uno de los chicos que vive con mi ángel en la Casa Libertad, pudimos explorar un poco la casa y fue así que entramos a la sala de ensayos que tienen montada (con Marshalls, dos baterías, etc.) y al interior de la misma, o al menos a lo que pudimos ver mientras subíamos por sus escaleras: cuatro o cinco pisos que por sus oscuros corredores de puertas cerradas y porque la exploración se limita al trayecto de las escaleras (nunca hay tiempo para pasear) me recordó los entrañables hostales de Lima. Pero lo mejor aún nos aguardaba al final de la casa: una increíble azotea donde nos topamos con una vista hiperprivilegiada de toda Barcelona.
Íbamos ya por el segundo vaso de cerveza (deliciosa producción casera) cuando Man Manly se decidió a acercarse a su mesa y desde su portátil y un controlador MIDI abrir las compuertas a una torrente de ruido digital, proveniente tanto de su disco duro como de un micrófono que lamía, golpeaba, pisaba, frotaba contra su cuerpo o contra el de algún asistente. Tampoco faltaron los gritos y movimientos furiosos, que contrastaban con su pequeña y endeble corporalidad. Pero la verdad es que a estas alturas la formula caos + ruido esta tan manoseada que luego de tres o cuatro conciertillos de ese estilo ya difícilmente serás sorprendido. Seguramente Man Manly sabía eso mejor que yo, así que luego de unos minutos amenizó gritándonos una proclama reivindicativa del espíritu punk anti-moda y anti-etiquetas. ¡Bla, bla, bla, grrrr!, y como lógicamente él era uno de esos auténticos místicos del punk, procedió a desvestirse hasta descubrirnos por completo la totalidad de su magro cuerpo. Y fue etonces que la mejor parte del concierto comenzó, no sólo por el show sino porque realmente se le notó más cómodo y concentrado tocando en pelotas.
Al final de su presentación, nos volvió a espetar un alarido en el que iba más allá que la anterior vez y nos decía que ya no era un punk genuino, que no era nadie ni nada, sólo el mismo, y que todos debíamos ser nosotros mismos. Moraleja aparte, el concierto me dejó una buena impresión y sobre todo unas ganas de salir de mi refugio más seguido, cosa que dos noches después haría con rumbos similares.
Esta vez el destino fue la Fela, otra casa okupa del barrio de Gracia, donde reciclando la indumentarias más excéntrica de la casa celebramos carnavales en una fiesta que combinaba gente desatada (por ahí vi rondar al mismo Man Manly; hay quien dice que tiene una personalidad para el día y para la noche), música pachanguera, cervezas baratas y un local inusualmente amplio (dos espacios con sus propias barras) que me hizo pensar de nuevo en la vida en ciertos aspectos principesca que la unión okupa brinda a corto plazo.

17.2.06

NOCHE DE CUERVOS


Puede ser difícil de creer, pero hay noches en las que realmente no vale la pena ser rubio; noches en las que el cabello azabache, los cerquillos podados, el rimel y los esmaltes negros se imponen con todo el poder estético del dúotono; noches en que debes vestir algo de piel (un abrigo, unas botas, unos pantalones, una boina o por lo menos una pulsera) bajo riesgo de ser atacado por una indiferencia espectral; noches, en fin, como las del pasado miércoles, en la que el concierto de Bauhaus, tan esperado por la fauna gótica barcelonesa, colmó el Razzmatazz como pocas veces he visto, elevando la temperatura de la sala e invocando irremediablemente al primer enemigo del look dark: el sudor.

Un impredecible soundtrack dub fue el preludio de la aparición (demorada) de los padres siniestros, quienes antes de salir extendieron como alfombra sonora un bramido de bajos que hicieron retumbar el suelo y las emociones sombría y calurosamente agolpadas. El primero en dar la cara fue Daniel Ash, con lentes negros a lo Bono y un chaleco con aplicaciones de un pelambre de apariencia licántropa. Las primeras notas de (creo) Double Dare sonaron mientras los otros integrantes surgieron de las sombras, Peter Murphy iluminado cenitalmente, al fondo de todo, de traje negro y rosa en el ojal. Desde el inicio la banda nos dio lo que esperábamos: actitudes impasibles, ritmos robustos y serpentinos, guitarras afiladas, gritos cavernosos. Toda una maquinaria post punk que se cernía sobre nosotros con intenciones cercenantes. No es violencia ni crueldad, sino predestinación predadora, más cerca de El Gabinete del Dr. Caligari que de cualquier serial killer gore.

Al principio me pareció extraño que no contaran con algún apoyo visual, dada la riqueza del imaginario del que podían echar mano, pero es cierto que eso los hubiera comparado a tantos grupos que hoy en día usufructúan su tenebrosidad cartón piedra. Bauhaus va directo a la yugular. La forma de tocar de Daniel Ash me recordó mucho a la de Andy Hill (Gang of Four), y la verdad no conozco muchos guitarristas a los que pueda comparárseles con un afilador de cuchillos. A su lado, Murphy se movía como el conde sensual y elegante, el hechicero dandy que arroja versos negros y rosas rojas al lado de su guitarrista, ese ente poseído que juega a torturarnos con agujas que nos hincan el cerebro, y de una sección rítmica implacable y precisa como esclavos zombies.
Creo que tocaron todo lo que debían tocar, a excepción de Third Uncle, el cover de Eno que de buena gana hubiera cambiado por su Ziggy Stardust. Puntos álgidos fueron She´s in Parties, Telegram Sam, In the Flat Field, The Passion of Lovers, y obviamente Bela Lugosi´s Dead, con el que casi a medianoche cerraron magistralmente el concierto, luego de repetidos bises de una sola canción que no hablan muy bien de su resistencia en el escenario.

Después fuimos con Alberto y una pareja de amigos suyos a un club nuevo, The Factory, donde había recalado mucha de la peña darky. Noche ochentera: deja-vu inevitable de Noctulus, Brujos y esos antros limeños que a mi pesar confieso extrañar, con la única diferencia de que acá casi todas las chicas eran guapas, la ropa era más fashion y la cerveza más cara. De regreso a casa, encontramos una cazadora de piel tirada en una esquina. A su alrededor había manchas de sangre. La cogí y estaba en perfecto estado, salvo unas gotas de sangre que descubrí en el cuello. No, no estaba borracho. Lo juro. Lástima que no sea mi talla.

11.2.06

Depeche in my eyes


El concierto de Depeche Mode de anoche fue otra de esas raras ocasiones en las que tienes frente a ti un momento con el que has soñado por años sin saber que lo ibas a vivir (y por meses sabiéndolo ya) y que de pronto te rodea y tu no entiendes porqué no sientes ese éxtasis que tanto imaginabas. Tus ojos ven de cerca a tus ídolos y te parece que falta algo, como si en ese momento tu deseo te abandonara y no tuvieras otro remedio que fascinarte instantáneamente diciéndote que ellos son, que estas ahi, que esa es la canción y que más te vale moverte porque en dos horas todo acabará. Me imagino que tiene que ver con la pátina glam de todo lo que en un momento nos parece inalcanzable, con esa aura intraducible al pasar del mundo de lo ideal al de lo sensible. Puedo enumerar cientos de experiencias parecidas, ya sean artísticas, turísticas, materiales, sexuales, psicodélicas, etc.
Lo que no quiere decir que el concierto no haya sido de puta madre y que no lo haya disfrutado al máximo. Dave Gahan no es un Iggy Pop en derroche de energía pero esta en plena forma y pocos en el showbusiness pueden mover el culo como él. Martin L. Gore también se lució con su disfraz de ángel o cacatúa y entonando esos himbos de oscuridad, dolor, sexo y redención con una voz de castrati y un look de freak que aumenta a medida que pasan los años y se le caen las cejas. Tocaron además de los obligatorios temas del último disco una buena selección de hits clásicos. El sonido y las luces estaban increíbles y los vídeos mejor aún: seis pantallas agrupadas asimétricamente donde las imágenes del concierto, limpias o procesadas, se intercalaban con material de archivo duotono estilo Devotional o retratos tipo comic de los integrantes. Hay que decir que la música siguió fiel a esa vena rockera de sus últimos tiempos, más tirando al ritmo oscuro y pesado que al bailongo remezclado. Las dos horas que duró el concierto, desde The Pain that I´m Used To hasta Never Let Me Down (segundo bis) pasaron volando, como sucede cuando se encadenan éxitos y el público no deja de corear y de agitar los brazos pidiendo más.
En tres días toca Bauhaus. Aunque no los he seguido con igual devoción, imagino que será un concierto igual de intenso e inolvidable.

10.2.06

Haute cuisine


Trouble Every Day, la primera pelicula que veo de Claire Denis, me ha impresionado bastante. No es un policial, no es una película de horror, no es un drama, no es una película erótica, pero toma de cada género un elemento y los combina logrando un clima de misterio y sensualidad ganados a pulso, sin caer en convencionalismos académicos. Me gusta cómo Denis ha estructurado la historia a partir de tres parejas que sin saberlo configuran un triángulo bizarro de guardianes, presas y predadores. El primero es el conformado por Alex Descas y Beatrice Dalle, un doctor venido y su paciente/esposa enjaulada en una casa/labortorio de donde a veces se escapa para tirarse desconocidos y abrirles la garganta a mordiscos. La segunda pareja la conforman un perturbado Vincent Gallo y una angelical Tricia Vessey, esposos de luna de miel en Paris que nunca follan y se limitan a pasear por la ciudad por separado mientras el otro rumia en el cuarto de Hotel. La tercera, menor, la integran Florence Loiret y su desconocido novio moticiclista. Ella es la mucama que limpia la habitación de los recien casados detieniéndose a inspeccionar sus cosas o fumarse un cigarro en su cama. Hay crímenes, pero no policias ni noticias en los diarios. La única investigación la hace Shane Brown (Gallo) quien busca a un antiguo colega (Descas) por algo relacionado a una investigación médica muy controversial en la que estuvieron oscuramente mezclados. Además de eso, sólo sabemos que Core (Dalle) gusta de la carne masculina fresca y que su esposo limpia todos sus banquetes; que June (Vessey) esta muy enamorada pero no se entera de nada y tiene que quedarse calentorra mientras su esposo corre a masturbarse en el baño; y que Christelle (Loiret) es una linda mucama muy curiosa y facil a la hora de ligar con los huéspedes guapos. El gran aciero de Denis es en no explicarte con qué estaban experimetando estos médicos para que su investigación haya caído en el descrédito del gremio (sólo sabemos que tiene algo que ver con neurología), qué le hicieron a Core para que se vuelva tan loca y porqué Shane se obsesiona tanto por hallarlos y tiene todo el tiempo una cara de enfermo miserable que no puede ni echarle un polvo a la muñeca de su mujer. No hay nada de rollo científico ni policial, sólo comportamientos extraños, mucho silencio (casi no usa diálogos), detenidas observaciones de los cuerpos protagonistas, algunas melodías de Tindersticks, violencia sexual muy gore y una ciudad fría, romántica y pródiga en inmunidad. Fragmentos misteriosos de una versión desbocada de Cat People.
ESTA NOCHE ES EL CONCIERTO DE DEPECHE MODE

7.2.06

Meliés

Una de las mejores cosas de Barcelona es sin duda el cine Meliés. A pesar de su obsesión con Bergman y Rohmer (las cinematografías anfitrionas de la sala) desde que llegué he podido ver obras del calibre de Eraserhead, Pi y muchas otras películas que siempre soñé con ver o volver a ver en pantalla grande.

Ayer pasaron Double Indemnity de Wilder y puedo decir que es uno de los mejores film noir que he visto. A pesar del imperdonable final, que omite la vuelta de tuerca magistral que James Cain hace en su libro, Perdición (como se la llama en castellano) es un noir clásico por lo arrebatador de su narración (Chandler inside), el típico pero super bien llevado suspense de la confesión o relato retrospectivo, los diálogos irreales y magníficos como piezas de un mecano, y la infaltable femme fatale, que nunca esta mejor caracterizada que por una actriz pequeña (el señuelo de la fragilidad), rubia (platinada) y no muy bella (o bella pero no de una manera tradicional, no tan perfecta como una Rita Hayworth, por ejemplo, que en Gilda más que una femme fatale es una simple femme fou, o fatal en segundo grado. Pienso en actrices como Barbara Stanwyck o Lana Turner, hermosas sin duda, pero que al caracterizar a estos personajes tienen algo que en lugar de ensalsar glamorosamente su belleza atenta contra ella. Armonía vs. contraste. Vean el peinado de la Stanwyck: artificial, sofisticado, intrigante, a contracorriente de estado libre y natural que la hace ver (sólo) guapa a la manera clásica).

Se que estoy pecando de ignorante al pasar por alto el peso de las tendencias y las modas, pero no me interesa hacer historia sino simplemente registrar una percepción personal y actual de esos "signos".
Bueno hoy espero ir a ver algo de Bartas.
En libros tengo que terminar el de Edward Gorey y Felizberto Hernández (ya me han escrito varias veces de la biblioteca para que los devuelva). Hasta ahora el mejor cuento me parece Las Hortensias. Desde hace tiempo tenía mucha curiosidad por Hernández y, aunque creo que no lo estoy leyendo en el mejor momento (mis intereses literarios se han reducido a sólo un tono como el estómago de un vegano), ha sido un placer encontrarme con su imaginativa forma de nombrar sensaciones y describir pensamientos, a la que Cortázar debe haberse sentido muy cercano, siempre tratando de huir de cualquier fórmula conocida y fundando así su mundo de corteses y cultivados laberintos. Ahora que lo pienso, Gorey podría haber sido un buen ilustrador de su mundo, añadiéndole seguramente algo más macabro a la inofensiva locura de sus personajes, pero compartiendo con él ese mundo señorial, excéntrico, solitario o casi deshabitado. Mas que personajes reales, parecen ser ánimas atrapadas y objetos conscientes los que pueblan ambas obras.
Bueno dejo esto para retomar mi portafolio web y el poema largo al que he estado ultimamente dedicado.

6.2.06

She wants revenge

Magnífico título para mi último descubrimiento musical. Lástima que detrás de un nombre y una portada tan tarantinianos sólo encuentre un clon de Interpol, quitándole la potencia de muchos riffs de éstos y manteniendo sí su dinamismo de maniquí. Explorando su web encuentro un vídeo que a pesar del ridículo final tiene un clima y un misterio (mezcla de Lost Highway y Charles Burns) que me gustaron mucho. Además de eso, y gracias a la sorpresa del Bedsit tapes de Soft Cell, continúo en mi retroexploración del synth pop. Últimos downloads: Penthouse and pavement de Heaven 17 y la pequeña discografía de Blancmange.

Y hablando ya de audiovisuales, ayer vi Siete hombres invisibles, la última película del lituano Sharunas Bartas. Director de la estirpe de Sokurov o Tarkovski (pero menos meta-aburrido que éstos), lo que primero me atrajo de Bartas fue que tiene como musa de muchas de sus cintas a Katerina Golubeva, el ángel negro que me fascinó en Pola X, de Leos Carax (el Lynch galo), quien justamente lo apadrinó presentándolo en el Festival de Tours en 1995 y quien además hace de él mismo en una de sus películas al parecer más contemplativas, La casa. El cine de Bartas es casi ambiental, prescinde de los diálogos como engranajes de la narrativa y más bién los reduce a un elemento sonoro más (para bien de los subtítulos en catalán). Sus historias se mueven más entre los paisajes desolados de la estepa y las miradas de sus personajes, intensas como el aguardiente, sus rostros ajados, mal afeitados, con arrugas o marcas que igualan a viejos y jóvenes con la dureza de un destino de miseria, auto-destrucción y aislamiento.

Hoy luego de mi dosis noir con Double Indemnity tengo otra cita con Bartas, seguramente su ópera prima Tres Días y tal vez La casa.